Antes del crimen, invóquese el dulce nombre de MARÍA. Karlheinz Deschner


<<La veneración de María... es una historia de superstición infantil, de falsificaciones, tergiversaciones, interpretaciones, imaginaciones y manipulaciones de lo más descarado, urdidas por la mezquindad y la indigencia humanas, por la astucia jesuítica y por la voluntad de poder de la Iglesia; un espectáculo tan apto para llorar como para reír: la auténtica “Divina Comedia”>>.

Arthur Drews


Gracias a Pablo II, la veneración mariana ha recibido un nuevo impulso —desde Polonia hasta Africa, desde España hasta Latinoamérica. ¿Se trata de un episodio inofensivo? ¿De un culto piadoso y apolítico? ¡En esta Iglesia no hay nada que sea inofensivo! ¡Ni apolítico! Ni mucho menos María, por muy sorprendente que ello resulte, sobre todo para los católicos, quienes ciertamente son, en general, los que menos conocen la historia de su Iglesia. 

¿Quién es María? 

¿Aparece ya triunfante en la Biblia como lo hizo más tarde cuando llegó, con frecuencia, a desplazar de las conciencias al mismo «Hijo de Dios»? ¡Al revés! Todo el N.T. habla de ella sin especial veneración. Pablo, el primer autor cristiano, hace tan poca mención de ella como el más antiguo de los evangelistas. Pero también el Evangelio de Juan, la Carta a los Hebreos, y los Hechos de los Apóstoles la ignoran. Y el mismo Jesús, que en la «Escritura» figura como uno de sus siete hermanos y «primer hijo» de María, silencia completamente el hecho de su alumbramiento virginal. Nunca la llama «madre» y usa de rudas maneras con ella, quien, a su vez, lo tiene por loco. Antes del siglo III, ningún Padre de la Iglesia sabe nada acerca de su ininterrumpida virginidad, ni de su asunción física a los cielos, antes del siglo VI. ¡Más aún, la fe, dogmatizada por entonces, en su concepción inmaculada, fue combatida como superstición por los santos más prominentes, tales como Buenaventura, Alberto Magno, T. de Aquino y otros, que se remitían para ello a San Agustín!

¿Quién es María?

¿Acaso algo nuevo, algo singular en la historia de las religiones? ¡Al contrario! Es simplemente la «continuación» cristiana de la antigua Gran Madre, del ídolo más arcaico de la humanidad, deidad principal, según testimonian pruebas que se remontan hasta unos tres mil doscientos años a. C. Está ya presente en la más antigua de las religiones conocidas, la sumeria. Su imagen estaba ya guardada en el arca sagrada del templo de Uruk, en Babilonia, ciudad que tiene sus raíces ya en la prehistoria. Inanna, la llamaron los sumerios; Isthar, los babilonios; Shanshka, los hurritas; Militta, los asirios; Atargatis, los sirios; Astarté, los fenicios. Los escritos del A.T. la denominan Asera, Anath o Baalat (compañera de Baal); Cibeles, los frigios; Gea, Rhea o Afrodita, los griegos; Magna Mater, los romanos. Está también presente en la Mahadevi hindú. Y en el Egipto aparece ante nosotros en figura de Isis, modelo del que María es réplica casi exacta.

En época muy anterior a la de María, Isis era ya venerada como «madre amorosa», «reina del cielo», «reina de los mares», «dispensadora de gracia», «salvadora», «inmaculada», «semper virgo», «sancta regina», «mater doloroso». Isis era, como más tarde la «María, reina de mayo», madre del verdor y la floración. Al igual que María, Isis alumbró siendo virgen y estando de camino. Al igual que María, Isis sostenía ya al niño, llamado Harpócrates u Horus, en su regazo o le daba el pecho. También Isis se llamaba «Madre de Dios». El año 431, Isis tuvo que ceder sus títulos de «Madre de Dios» y de «Deípara» en favor de la esposa del carpintero de Galilea. El dogma relativo a ello fue formulado en el concilio de Efeso y conseguido, en parte, gracias a las ingentes sumas con que San Cirilo, Doctor de la Iglesia y patriarca de Alejandría, sobornó a toda clase de gentes, comenzando por altos funcionarios del estado y acabando con influyentes eunucos y camareras palaciegas, sin olvidar a la mujer del prefecto de los pretorianos. Aun siendo rico, se excedió de tal modo en el gasto que aún tuvo que tomar prestadas más de 100 mil piezas de oro, sin que eso bastase del todo. Incluso la concepción de María la situó la Iglesia en la misma época del año en la que tuvo lugar la de Isis, las circunstancias de cuyo embarazo estaban registradas con extraordinaria exactitud en el calendario de festividades egipcias. Isis dejó también en herencia, a favor de la judía, sus atributos: la media luna y la estrella, juntamente con su manto ornado de estrellas. Y como quiera que en el pasado había habido imágenes negras de Isis, también la tez de María se tornó a veces oscura y hasta negra. Estas madonnas negras de Nápoles, Czestochowa, y, especialmente las de Rusia, gozaron fama de especial santidad.

¿Quién es María?

¿La patrona de la mujer? ¿La mujer por antonomasia a quien Dios honró como «Madre»? ¡Al revés! ¡La imagen deformada de una mujer! Una criatura elevada corporalmente hasta el cielo, no maculada por ningún deleite, la impoluta, la pura, la que domina triunfalmente sobre sus impulsos, la virgen ante partum, in partu, post partum; la gloriosa antagonista de Eva, la pecadora, la culpable, compañera de la serpiente y el falo. Cuanto más florece el culto a la virgen en la bienaventurada Edad Media, cuanto más sobreabundan las canciones, las devociones, las iglesias y las cofradías marianas, tanto más se vilipendia, se humilla y se oprime a la mujer. Ésta se ve desposeída de casi todos sus derechos; pasa por impura durante la menstruación y el embarazo; se la considera mancillada por el parto y, no pocas veces, por el coito. Se convierte en la «puerta permanentemente abierta del infierno», mientras que María, «la esclava del Señor», la sierva de Dios, es decir, del sacerdote, avanza hasta ser «la puerta del cielo». De un lado hiperdulía sin igual, del otro difamación casi ilimitada y, por último la quema en la hoguera de millares, de incontables millares de brujas.

¿Quién es María?

¿La «Reina de Mayo»? ¿Nuestra amada «Señora del Tilo», «… del verde bosque»? Sin duda. Pero es, al mismo tiempo, —igual que sus antiguas antecesoras, Isthar, diosa del amor y la lucha; la virginal Atenea, diosa de la guerra y otras más— la gran diosa cristiana de la sangre y la venganza. Nuestra amada señora del campo de batalla y de la masacre colectiva. Asesinar bajo la invocación de su nombre es una vieja costumbre piadosa.

Las tropas bizantinas llevaban su imagen en sus campañas, imagen erigida en el palacio imperial de Constantinopla y por doquier en la ciudad. No pocos de entre los grandes guerreros más sanguinarios del catolicismo eran fervientes devotos de María. El emperador Justiniano I, quien, con el concurso del papa, exterminó a los pueblos germánicos, vándalos y ostrogodos, atribuyó a María sus sangrientas victorias. También su sobrino Justino II la eligió como su patrona en la lucha contra los persas. Los barcos de guerra del emperador Heraclio mostraban imágenes de Nuestra Señora en sus proas. Un monstruo como Clodoveo, cuyo nombre lleva aún una plaza de Colonia, explicaba sus brutales victorias sobre «los herejes» por la intervención de María. Carlos Martel, el «Martillo de Dios», también gran devoto de la Virgen, cubrió, al parecer, el campo de batalla de Tours y Poitiers con 300 000 cadáveres de sarracenos. Carlomagno, quien en medio, o encima, de sus muchas mujeres o concubinas, siempre llevaba la imagen de María en su pecho, pudo, en sus 46 años de gobierno y sus 50 campañas diezmar a pueblos enteros y rapiñar cientos de miles de Km2 «siguiendo nuestras exhortaciones», comentaba el papa Adriano I. Agradecido, Carlomagno dio en su imperio una amplitud al culto mariano como nunca se había conocido en el pasado y erigió «venarebles santuarios a su celeste protectora en el campo de batalla» (Hocht).

La Edad Media en su totalidad: pleno apogeo del galanteo amoroso a María y de las más atroces carnicerías perpetradas en su nombre. «La idea de la “victoria por María” se extendió hasta penetrar en los ámbitos más externos de la vida… incluso en las luchas mundanas se convirtió su nombre en el grito de guerra de los cristianos» (Hocht, con el Imprimatur eclesiástico). Cuando un nuevo caballero recibía el espaldarazo se le hacía entrega de la espada consagrada, mientras él pronunciaba esta fórmula: «Recibí esta única espada por el honor de Dios y el de María». «María nos valga» fue a menudo el grito de batalla. «O clemens, o pia, o dulcís virgo Maña» (Oh clemente, oh solícita, oh dulce virgen María), así cantaban los cruzados antes de partir hacia sus degollinas en «Tierra Santa». Los Caballeros de la Orden Teutónica, asesinos y violadores de todo cuanto podían violar, estaban «únicamente al servicio de su dama celeste, María». La horrible masacre de los albigenses fue «una campaña triunfal de nuestra amada Señora de la Victoria». La guerra contra el Islam, que atraviesa toda la E.M. española, desde el 711 hasta el 1492, fue asimismo una victoria de la «Madre de Dios». María fue también el grito de batalla de 1212, en la fiesta del escapulario de la muy gloriosa Virgen, cuando, en las Navas de Tolosa, el rey Alfonso VIII de Castilla y su soldadesca abatieron, al parecer, a más de 100 000 moros y recogieron un botín gigantesco en oro y piedras preciosas. Algunos decenios más tarde, en 1248, el rey Fernando III el Santo venció a los moros en Sevilla con la imagen de María en el pecho y la invocación de su nombre. Fernando el Católico, también fanático devoto de María, los expulsó, finalmente de España.

Por todas partes se desplego la «dinámica mariana de la historia». En la batalla por Belgrado (1456) —«una hazaña mariana bajo la dirección del gran predicador mariano» San Juan de Capistrano, el furibundo General de los Franciscanos —sobre cuya conciencia pesa también la vida de incontables judíos—, murieron, al parecer, unos 80 000 turcos gracias a la ayuda de María. Otros 8000 cayeron en la batalla naval de Lepanto (1571). San Pío V convirtió el día de esta batalla, el 7 de octubre, en una gran festividad «en memoria de nuestra amada Señora de la Victoria», y los venecianos, que habían tenido una destacadísima participación, escribieron bajo un cuadro del Palacio de los Dogos dedicado a la batalla: «Ni el poder, ni las armas, ni los comandantes, sino nuestra María del Rosario nos ayudó a vencer».

En el Nuevo Mundo, el sanguinario Cortés era un glorificador de María. La había escogido como su santa patrona. Donde quiera que levantaba la cruz, sobre montañas de cadáveres, mostraba también la imagen de aquélla, declarando que en lugar de los «ídolos» indios «pondría a nuestra gloriosa y Santa Señora, Madre de Cristo, Hijo de Dios…». También el primer gran baño de sangre de la Guerra de los 30 Años, la batalla de Montaña Blanca, junto a Praga (1620), fue una victoria de María. El caudillo militar católico Tilly, también un ferviente venerador de María. El estandarte principal de la Liga portaba asimismo la imagen de María y una leyenda «dedicada a nuestra amada Señora de la Victoria» (¡con Imprimatur!): «terribilis, esí castrorum acies ordinata (terrible como un ejército en orden de batalla). Y Tilly consiguió sus 32 victorias bajo el signo de nuestra amada Señora de Altotting» hasta que él mismo —«uno de los estrategas más grandes de todos los tiempos… encumbrado hasta ser la primera autoridad militar de Alemania, incluso de Europa» (Gilardone)— halló el final de sus días en la batalla número 33, vencido por el «hereje» Gustavo Adolfo, a pesar de María.

Con todo, María sigue venciendo en el siglo XX. A raíz de la expedición de pillaje de Mussolini contra Abisinia, los italianos enviaban desde allí tarjetas postales que mostraban una madonna, con corona de estrellas y con su niño, sobre la torreta de un carro de combate flanqueado por soldados atacantes y rodeada por una nube de humo de los cañones. Pie de la tarjeta: «Ave María». El cardenal arzobispo de Nápoles, Ascalesi, organizó una procesión desde Pompeya a Nápoles con la imagen de la «Madre de Dios». Durante la misma, aviones militares arrojaron octavillas glorificando en una misma frase a la Santa Virgen, al fascismo y la guerra de Abisinia. Las unidades aéreas de Mussolini tenían como patrona a la «Santa Virgen de Loreto». También la Guerra Civil Española fue un éxito mariano.

En una palabra, toda la piadosa historia occidental está llena de milagrosas victorias de María. Según la obra de Hocht, publicada con el nihil obstat de la Iglesia y con el título María salva el Occidente. Fátima y la «Vencedora en todas las batallas de Dios» en la lucha decisiva por Rusia (1953), un horripilante mamotreto merecidamente «dedicado a Su Santidad, el gran paladín de la paz, con el mayor respeto», la mayor parte de las carnicerías decisivas tuvieron lugar en festividades marianas o, al menos «tres días antes de sus festividades solemnes», «dos días antes del nacimiento de María», «un día después de la Asunción», «la víspera de la festividad del rosario» y sigue una larga retahila, hasta Napoleón y Hitler, quien —aquí puede uno enterarse finalmente— en el fondo sólo fue abatido por María y el Papa Pacelli. Como «Papa auténticamente mariano», Pío XII llamó en 1942, a saber, «cuando los pueblos del Occidente… estaban amenazados de muerte», al «orbe católico a consagrase a la Reina del Rosario y a iniciar una poderosa cruzada de la oración». Y he aquí que las victorias marianas se sucedieron en cadena… sólo que no del lado de las Potencias del Eje, a quien Pacelli se las había destinado.

Precisamente el 31 de octubre de 1942, cuando el papa consagró el género humano al inmaculado (!) corazón de María, fue, según parece, el día en que los ingleses abrieron una brecha en El Alemein. Próxima victoria de María: ¡Stalingrado! ¡El día de la Candelaria! ¡La «Madre de Dios» aliada con el Ejército Rojo! Continuemos: la liberación de Túnez y de Africa del Norte, el día de Fátima. La capitulación de Italia, el país del papa, el día del Nacimiento de María. Derrota definitiva de Alemania y armisticio, día de la Fiesta de la aparición del Arcángel San Miguel (¡Patrono de Alemania!), sobre el Monte Gargano. Incluso la victoria sobre el Japón, tras el lanzamiento de la primera bomba atómica sería una victoria de María. ¡La capitulación del Japón tuvo lugar el Día de la Asunción!

En consecuencia, las iglesias de «María de la Victoria» están extendidas por toda Europa, recordando las orgías bélicas más sangrientas de nuestra historia, desde María de Victoria, en Fátima, hasta María della Vittoria en Roma, pasando por María de Victoria en Ingolstadt, Maria-Sieg en Viena y la iglesia conmemorativa María vom Sieg, en el que fue campo de batalla de Montaña Blanca, junto a Praga. Y precisamente durante la gloriosa alianza clerical-fascista entre Mussolini, Hitler, Franco Y Salazar, Fátima se convierte, junto a Lourdes, en el lugar de peregrinaje mariano tristemente famoso y, gradualmente, en un centro de propaganda anticomunista y antibolchevique de la Iglesia. Periódicos de Fátima, editoriales de Fátima, iglesias y capillas de Fátima surgen aquí y allá como setas. Se funda una «Fátima de Suabia», una «Fátima de Zululandia», una «Fátima de Africa Oriental». El culto se extiende hasta China y los Mares del Sur. Y en 1942, cuando los ejércitos de Hitler han penetrado profundamente en Rusia y Pío XII y su episcopado desatan por todo el mundo una campaña antisoviética con auténticas lenguas de Goebbels, se decide también propalar machaconamente «las profecías» de Nuestra Señora de Fátima: si Rusia se convierte habrá paz. «Si no es así, sus errores se expandirán por el mundo provocando guerras y persecuciones de la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que padecer muchas cosas y varias naciones serán exterminadas…». En 1950 cuando Pío XII, tan agraciado con capitales como con visiones, vio en el cielo «el milagro del Valle de Fátima», el obispo Schen, exclamó durante un discurso en Fátima: «¡La Plaza Roja de Moscú ha encontrado su contrapartida en la “Plaza Blanca” de Fátima. El martillo se transformará en la cruz de Cristo, la hoz en la luna bajo los pies de Nuestra Señora!».

Texto extraído del libro "Opus Diaboli" de Karlheinz Deschner. 

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