La gran caza del tiburón. ( Poder freak en las rocosas) Hunter S. Thompson, 1979 [Pdf & epub]




Informe y análisis divagatorio (con rudas consignas) del Poder Freak en las Montañas Rocosas… sobre la extraña técnica de un intento de lograr el control de un pueblo pequeño… y una sencilla defensa de la toma del poder político y de su uso como un arma arrebatada a un poli… con comentarios diversos sobre el incierto papel del head y el terrible Factor Estupor… y otras notas dispersas sobre «cómo castigar a los cerdos», cómo asegurar que el cerdo de hoy sea el embutido de mañana… y por qué sólo se puede tratar con este nuevo mundo enloquecido con… ¡Una Actitud Nueva!

Dos horas antes de cerrar las urnas, advertimos que no teníamos un cuartel general: no disponíamos de ningún lugar donde se pudieran reunir los fieles para la terrible guardia de la noche de las elecciones. Ni para celebrar la Gran Victoria, que, de pronto, parecía posible. Habíamos llevado toda la campaña desde una gran mesa de roble de Jerome Tavern, en la Calle Mayor, trabajando a la vista del público, para que todos pudieran ver la cosa y hasta echar una mano si les apetecía… y ahora, queríamos un poco de intimidad para las últimas horas; queríamos un sitio limpio y bien iluminado, donde acomodarnos y esperar…

Necesitábamos también grandes cantidades de hielo y de ron… y un talego de drogas machacacerebros para quienes querían terminar la campaña al nivel más alto posible, independientemente del resultado. Pero lo que más falta nos hacía, ahora que empezaba a oscurecer, y teniendo en cuenta que había que cerrar las urnas a las siete, era una oficina con varias líneas telefónicas, para un buen chaparrón de llamadas de última hora a los que aún no habían votado. Habíamos reunido las listas de votantes justo antes de las cinco (procedían de nuestros equipos de control de urnas, que llevaban en pie desde el amanecer) y era evidente, en un recuento apresurado, que el electorado básico del Poder Freak había acudido en gran número.

Joe Edwards

En las menguantes horas del día de las elecciones, en aquel noviembre de 1969, Joe Edwards, un freak de veintinueve años, abogado y corredor de motos, natural de Texas, parecía destinado a convertirse en el próximo alcalde de Aspen, Colorado. El alcalde saliente, el doctor Robert «Buggsy» Barnard, había estado emitiendo malignas advertencias durante las cuarenta y ocho horas anteriores, amenazando con graves penas de cárcel por fraude electoral y con la intimidación violenta de «falanges de controladores electorales», a la basura freak que se atreviera a presentarse a votar. Revisamos las leyes y descubrimos que los mensajes radiofónicos de Barnard violaban las normas de «intimidación del votante», así que llamé al fiscal del distrito para que detuviera inmediatamente al alcalde… pero el fiscal del distrito dijo: «A mí no me metan en esto; controlen ustedes sus urnas».

Y así lo hicimos, con equipos magníficamente organizados de controladores electorales: dos en guardia permanente en cada lugar de votación, dentro, y otros seis fuera en camionetas y rancheras bien repletas de carne, café, propaganda, listas de comprobación y fotocopias encuadernadas de todas las leyes electorales del Estado. La idea era que los hombres que teníamos dentro de los puntos oficiales de votación, tuvieran siempre a mano suficiente ayuda. Y la razón en que se apoyaba esta medida pública un poco exagerada (que asustaba a muchos que, en realidad, no habrían votado a Edwards) era que nos preocupaba que el alcalde y sus hombres montasen una escena desagradable antes, que llenasen la red de información y de chismorreo underground con rumores para asustar a muchos de nuestro votantes. La mayoría de los nuestros temían cualquier tipo de acoso legal en las urnas, fuesen cuales fuesen sus derechos. Así que parecía importante dejar bien sentado desde un principio que conocíamos las leyes y que no toleraríamos que nadie intimidase a nuestros electores. Nadie. Así que entregamos a todos los controladores electorales del turno del amanecer una grabadora portátil con un micrófono, con instrucciones de plantar dicho micrófono en las narices de cualquier controlador electoral de la oposición que preguntase algo más de lo estipulado por las leyes respecto a nombre, edad y residencia. 

No podía preguntarse nada más, sin incurrir en las penas indicadas en una oscura ley electoral que trataba de la «intimidación frívola», especie de hermana menor de otro delito mucho más grave: la «intimidación electoral». Y dado que la única persona que había llegado a amenazar con intimidar a los votantes era el alcalde, decidimos forzar el enfrentamiento cuanto antes, en el pabellón 1, pues Buggsy había anunciado que acudiría allí personalmente para formar parte del primer turno de control electoral de la oposición. Decidimos que sí querían lucha, la tendrían.

El centro electoral del pabellón 1 estaba en un edificio llamado Cresthaus, propiedad de un suizo/nazi viejo y ruin que se hace llamar Guido Meyer. Martin Bormann se fue al Brasil y Guido se vino a Aspen; llegó aquí pocos años después de la Gran Guerra… y ha consagrado desde entonces casi todas sus energías (incluyendo dos períodos completos como magistrado de la ciudad) a desquitarse de este país ordeñando a los turistas y mandando detener a la gente joven (o pobre). Así que Guido vigilaba ansioso cuando el alcalde llegó al aparcamiento a las siete menos diez, pasando con su Porsche entre un grupo de silenciosos partidarios de Edwards. 


Habíamos reunido a una media docena de electores legales, los más cochambrosos que encontramos… y estaban esperando para votar cuando el alcalde llegó a las urnas. Tras ellos, haraganeando alrededor de una cafetera, en una vieja furgoneta VW, había por lo menos otros doce, casi todos altos y barbudos, algunos ávidos de violencia pues se habían pasado la noche preparando cadenas y atiborrándose de anfetas para estar bien locos. Buggsy se quedó aterrado. Era la primera vez en su larga experiencia con drogas que echaba la vista encima a un grupo de freaks no pasivos, sino superagresivos. ¿Qué les había pasado? ¿Por qué miraban con aquellos ojos? ¿Y por qué gritaban «Estás jodido, Buggsy… Vamos a aplastarte… Estás liquidado… Te vamos a poner el culo como un pandero»? ¿Quiénes eran? ¿Eran todos forasteros? ¿Una banda de aterradores motoristas anfetamínicos de San Francisco? Sí, claro, por supuesto… aquel cabrón de Edwards había traído a un puñado de falsos electores. Pero volvió a mirar… y reconoció, a la cabeza del grupo, a su viejo camarada de barra y borrachera, Brad Reed, el alfarero, conocido forofo de las armas, uno noventa, ochenta y ocho kilos, que sonreía silencioso tras la barba y la negra cabellera ondeante… No decía nada, sonreía sólo…


Dios santo, a los otros también les conocía… allí estaba Don Davidson, el contable, bien afeitado, con pinta muy normal, con su anorak de esquiador marrón claro; pero no sonreía… ¿Y aquellas chicas, aquellas monadas rubias y jugosas, cuyos nombres conocía de encuentros esporádicos en circunstancias más amistosas? ¿Qué hacían allí al amanecer, con aquella chusma amenazadora? ¿Qué hacían realmente? Se coló dentro a ver a Guido, pero se encontró con Tom Benton, artista melenudo y conocido radical… Benton sonreía como un cocodrilo y esgrimía un pequeño micrófono negro. «Bienvenido, Buggsy —le dijo—. Llegas tarde. Los electores están fuera esperando… sí. ¿No les viste ahí fuera? ¿Fueron amables contigo? Sí te preguntas qué hago aquí, te diré que soy del equipo de control del fraude electoral de Joe Edwards… y esta maquinita negra que tengo aquí es para grabar todo lo que digas en cuanto empieces a infringir la ley intimidando a nuestros electores».


El alcalde perdió el primer asalto casi al instante. Uno de los primeros votantes claramente favorable a Edwards del día fue un chaval rubio que no aparentaba más de diecisiete. Buggsy se puso a discursearle y Benton se le plantó delante con el micrófono, dispuesto a intervenir. Pero antes de que Benton pudiera decir una palabra, el chaval empezó a burlarse del alcalde:

—¡Vete a la mierda, Buggsy! —gritó—. Tú no sabes cuántos años tengo. ¡Conozco muy bien la ley! ¡No tengo por qué enseñarte ninguna prueba! ¡Eres hombre muerto, Buggsy! ¡Apártate de mi camino! ¡Voy a votar!

El revés siguiente del alcalde fue con una jovencita muy embarazada, sin dientes, con una camiseta de manga corta gris y ancha y sin sostén. Alguien la había llevado hasta las urnas, pero al llegar allí se echó a llorar (temblaba de miedo) y se negó a entrar. No se nos permitía acercarnos a menos de treinta metros de la puerta, pero se lo comunicamos a Benton, que salió y acompañó a la chica al pabellón. Pese a las protestas de Buggsy, la chica votó, y al salir sonreía como si acabase de asegurar ella sola la victoria de Edwards.

Después de esto, dejamos de preocuparnos por el alcalde. No habían aparecido matones con cachiporra, no se veían matones por ninguna parte y Benton había logrado un control perfecto del terreno alrededor de la urna. Por otra parte, en los pabellones 2 y 3 el voto freak no era tan numeroso y transcurría todo con más normalidad. Bueno, en el pabellón 2 nuestro controlador electoral oficial (un drogota que lucía una barba de unos sesenta centímetros de largo) había provocado el pánico acosando a docenas de electores normales: el fiscal llamó a Edwards comunicándole que en el pabellón 2 había un chiflado que no quería dejar votar a una mujer de setenta y cinco años si no enseñaba la partida de nacimiento; tuvimos que sustituirle. Su celo resultaba estimulante, pero temíamos que pudiera provocar una reacción.

Esto había sido una amenaza constante. Habíamos intentado movilizar todo el voto underground, sin asustar a los burgueses y empujarles al contraataque. Pero no resultó: sobre todo porque nuestra mejor gente también era, la mayoría, melenuda y muy escandalosa. Los arietes de nuestro primer ataque (la campaña de inscripción de media noche) habían sido dos barbudos, Mike Solheim y Fierre Landry, que recorrieron calles y bares buscando votantes como yonquis locos, ante una apatía casi general.

Aspen está lleno de freaks, heads y extraños pájaros nocturnos de toda calaña… pero casi todos preferían la cárcel o el bastonazo al horror de tener que inscribirse realmente para votar. A diferencia de la masa general de burgueses y negociantes, el que se ha marginado tiene que hacer un esfuerzo para usar su voto, que lleva dormido mucho tiempo. No es que sea lioso, no hay riesgo ninguno y son diez minutos de charla… pero la idea de inscribirse para votar resulta insoportable. Las implicaciones psíquicas, el «volver a integrarse en el sistema», etc., son tremendas… y en Aspen aprendimos que es inútil intentar convencer a la gente de que dé tal paso si no se les da una razón excelente para hacerlo, como un candidato muy insólito o algún tipo de arenga emocionante.

El problema básico con que nos enfrentamos el otoño pasado es la sima que separa a la cultura freak de la política activista. En algún punto de la pesadilla pesimista que se apoderó de Norteamérica entre 1965 y 1970, la vieja idea nacida en Berkeley de derrotar al Sistema combatiéndolo cedió el campo a una especie de vaga certeza de que, a la larga, tenía más sentido huir, o esconderse incluso, que combatir a los cabrones con algo que recordase, aunque fuera vagamente, sus propias normas.

Nuestra campaña de inscripción de diez días se centró casi exclusivamente en la cultura marginal. No querían participar en ninguna actividad política directa y costó mucho trabajo convencerles para que se inscribiesen. Muchos llevaban viviendo en Aspen cinco o seis años y no tenían ningún miedo a que les procesaran por fraude electoral… pero no querían que les acosaran ni que les intimidaran. Casi todos vivimos aquí porque nos gusta poder salir a la puerta de casa y sonreír ante lo que vemos. Yo tengo en el porche delantero una palmera plantada en una palangana azul… y, de vez en cuando, me gusta pasear por allá fuera, en pelota, y disparar mi Magnum del 44 contra varios gongs que he instalado en la ladera. Me gusta cargarme bien de mescalina y subir el amplificador a los 110 decibelios para saborear bien White Rabbit mientras sale el sol entre los picos nevados de los montes. Pero el motivo exacto no es ése. El mundo está lleno de sitios donde un hombre puede disfrutar tranquilamente de las drogas, la música y las armas… aunque no por mucho tiempo. Yo viví dos años junto a Haight Street, pero a finales del año 66 todo el barrio se había convertido en un imán de policías y en un mal rollo. Entre los estupas y la golfería psicodélica, apenas quedaba ya sitio donde vivir.

Aspen, Colorado
Lo que pasó en Haight recordaba sucesos anteriores de North Beach y del Village… y quedó demostrado de nuevo que en realidad es inútil apoderarse de un terreno que uno no puede controlar. El proceso es siempre el mismo: una zona de renta baja pasa ser de pronto nueva, libre y humana… y se pone de moda, lo cual atrae a la prensa y a los polis aproximadamente al mismo tiempo. Los problemas policiales dan más publicidad que atrae a los chalados de las modas y a la golfería en general: lo que significa dinero, que atrae a yonquis y a ladrones de baja estofa. Su actuación trae más publicidad y (por alguna razón perversa) a una masa de tipos aburridos de movilidad social ascendente que disfrutan con emoción de la vida amenazada «ghetto blanco» y cuyos gustos «cuenta de gastos» ponen los alquileres locales y los precios de las tiendas fuera del alcance de los habitantes del barrio… que se ven obligados a mudarse de nuevo.


Uno de los acontecimientos más esperanzadores de la fracasada historia de Haight-Ashbury fue el éxodo a comunas rurales. La mayoría de las comunas fracasaron (por razones que todo el mundo puede ver ahora, retrospectivamente; pensemos en aquella escena de Easy Rider de aquellos pobres freaks que pretendían sacar una cosecha de un terreno que era arena seca), pero las pocas que triunfaron, como la Hog Farm de Nuevo México, mantuvieron a toda una generación en la creencia de que el futuro estaba fuera de las ciudades. Cientos de refugiados de Haight-Ashbury intentaron establecerse en Aspen después de aquel desventurado «verano del amor» de 1967. Aquí el verano fue una salvaje e increíble orgía drogata, pero cuando llegó el invierno se rompió la cresta de la ola y se esparció por bajíos de problemas locales tales como trabajo, alojamiento y metros de nieve en los caminos de cabañas a las que unos meses antes era fácil llegar. Muchos refugiados de la Costa Oeste se fueron, pero quedaron varios centenares; trabajaron como carpinteros, camareros, encargados de bar, lavaplatos… y al cabo de un año formaban parte de la población fija del lugar. A mediados de 1969, ocupaban la mayoría de las llamadas «casas de bajo coste» de Aspen; primero ocuparon los pequeños apartamentos del centro del pueblo, luego cabañas alejadas y, por último, los campamentos de remolques. Así que la mayoría de los freaks consideraban que no merecía la pena aguantar toda la mierda que acompañaba a la votación, y las amenazas ilegales del alcalde no hacían sino reforzar su idea de que la política en Norteamérica era algo que había que evitar. Una cosa era que te detuvieran por yerba, el delito «compensaba el riesgo»… pero no tenía sentido comparecer ante un juez por una «formalidad política», aun en caso de no ser culpable. Este sentido de la «realidad» es un distintivo de la Cultura de la Droga, que pone la Recompensa Instantánea —un viaje agradable de cuatro horas— por encima de cualquier cosa que entrañe un intervalo de tiempo entre el Esfuerzo y el Fin. En esta escala de valores, la política es demasiado difícil, demasiado «compleja» y demasiado «abstracta» para justificar cualquier riesgo o acción inicial. Es el lado frívolo del síndrome «Buen Alemán».

Ni siquiera se nos ocurrió la idea de pedirle a la gente que se «adecentase». Podían ir sucios, desnudos incluso, nos daba igual… lo único que pedíamos era: primero inscribirse y luego votar. Un año antes, no habían visto diferencia alguna entre Nixon y Humphrey. Estaban contra la guerra de Vietnam, pero la cruzada de McCarthy no había llegado jamás hasta ellos. En las bases de la cultura marginal, la idea de ponerse elegante por Gene McCarthy era un chiste malo. Tanto Dick Gregory como George Wallace obtuvieron una cuantía insólita de votos en Aspen. Robert Kennedy habría ganado en el pueblo si no le hubieran matado, pero no por mucho. Es un pueblo básicamente republicano: hay más del doble de republicanos que de demócratas… pero el total de ambos partidos mayoritarios sumado sólo iguala al número de independientes inscritos, la mayoría de los cuales tienen a gala el ser totalmente impredecibles. Son una mezcla confusa de izquierdosos enloquecidos y de superreaccionarios; fanáticos de baja estofa, traficantes de drogas, instructores de esquí nazis y «granjeros/psiquedélicos» totalmente pasados sin más política que la de la pura supervivencia personal. Al final de aquel ajetreo frenético de diez días, dado que no llevábamos cuentas, ni había listas, ni reseñas, ni archivos, no teníamos medio de saber cuántos drogotas semidespiertos habían llegado realmente a inscribirse, ni cuántos votarían. Así que hubo una cierta sorpresa cuando, hacia el final de aquel día de elecciones, las encuestas de nuestros controladores electorales indicaron que Joe Edwards se había adjudicado más de trescientos de los cuatrocientos ochenta y seis nuevos inscritos que acababan de pasar a los libros.

En la noche electoral
Estábamos preparados para una noche muy larga (esperando que se contaran a mano las papeletas), pero antes incluso de que se cerraran las urnas ya sabíamos que habíamos cambiado toda la estructura política de Aspen. La vieja guardia estaba condenada, los liberales aterrados y el underground había aflorado, con una brusquedad terrible, en un viaje de poder muy serio. Yo había prometido durante la campaña, en calles y bares, que si Edwards ganaba la elección y era alcalde, al año siguiente me presentaba yo para sheriff (noviembre de 1970)… pero nunca se me pasó por la cabeza que de veras tuviera que presentarme, lo mismo que no había creído nunca en serio que pudiéramos tener la menor posibilidad de «apoderarnos» de Aspen.

Joe Edwards combatía a los urbanizadores y a los especuladores inmobiliarios, no a los veteranos y a los rancheros… Y costaba entender, visto su programa, que pudiesen discrepar en el fondo de lo que nosotros decíamos y proponíamos… salvo que lo que en el fondo les inquietase fuera el hecho muy probable de que con el triunfo de Edwards desapareciese su posibilidad de vender al mejor postor. Con Edwards, decían, vendrían horrores como Zonificación y Ecología, lo cual pondría trabas a su buen estilo del Oeste, la ética compra barato y vende caro… libre empresa, como si dijésemos, y los pocos que se molestaron en discutir con ellos, descubrieron pronto que su palabrería nostálgica sobre «los buenos tiempos» y «la tradición de este valle pacífico» sólo era burda tapadera de su temor a los «recién llegados, de ideas socialistas». Fuese cual fuese el resultado de la campaña de Edwards, era indudable que habíamos barrido aquella mierda boba sentimental de los «veteranos que amaban la tierra».

Tras una salvaje campaña tragafuegos, perdimos sólo por seis votos, de un total de 1.200. En realidad perdimos por un voto, pero cinco de las papeletas de nuestros votantes ausentes no llegaron a tiempo: básicamente porque les fueron enviadas (a sitios como México, Nepal y Guatemala) cinco días antes del de la elección.

En otras palabras, ¿por qué no presentar como candidato a un freak honrado y dejarle luego suelto, en el campo de ellos, para demostrar a todos los candidatos «normales» que son y siempre han sido unos fracasados de mierda? ¿Por qué delegar en esos cabrones? ¿Por qué suponerles inteligentes? ¿Por qué creer que no van a desquiciarse y a desmoronarse? (Cuando los japoneses se incorporaron al balonvolea olímpico derrotaron a todos utilizando técnicas extrañas pero enloquecedoramente legales, como el «giro japonés», la «espiguilla» y el «pase fulminante de vientre» que convertía en aullante gelatina a sus adversarios más altos). Esta es la esencia de lo que algunos llaman «la técnica de Aspen» en política: ni salirse del sistema ni trabajar dentro de él… sino hacerle enseñar el farol, utilizando su fuerza para lanzarla contra él… y dando siempre por supuesto que la gente que tiene el poder no es inteligente. Al final de la campaña de Edwards, quedé convencido, pese a mi idea de toda la vida en sentido contrario, de que la ley estaba en realidad de nuestra parte. No los policías ni los jueces ni los políticos, sino la ley en sí, tal como está escrita en los mohosos y aburridos códigos que teníamos que consultar constantemente porque no nos quedaba otro remedio.