Crítica libertaria. Max Nettlau


LA RESPONSABILIDAD Y LA SOLIDARIDAD EN LA LUCHA OBRERA. SUS LÍMITES ACTUALES Y SU POSIBLE EXTENSIÓN

Las siguientes observaciones, basadas en un artículo que publiqué en el número de Freedom de noviembre de 1897, no deben interpretarse por el deseo de substituir la propaganda anarquista directa por un medio indirecto; de limitan a poner de relieve una cuestión general que, por lo que he podido saber y he oído decir, ha sido descuidada hasta ahora. Me refiero a la posibilidad de alguna nueva forma o combinación en la lucha obrera. Llamo la atención de la crítica de los anarquistas para que, aparte la posibilidad general, examinen si los medios sugeridos tienden o no hacia la libertad, y, por consiguiente, si merecen o no su apoyo.

Los progresos del movimiento obrero me parecen desesperadamente lentos sobre todo. Las ideas que nos parecen tan claras, tan evidentes y aceptables en sí mismas, encuentran a menudo un círculo tal de prejuicios y de ignorancia, que permite dudar si las grandes masas las aceptarán alguna vez seria y concienzudamente, a no ser que se produzcan cambios que la lección de las cosas en vasta escala nos aclare el camino. Hasta allí donde la misma lección de las cosas existe ya hasta cierto punto, cuando la solidaridad de los trabajadores queda demostrada, no por la propaganda de las ideas libertarias, sino por las ventajas materiales directas, por pequeñas que sean -como en el caso del tradeunionismo y de la cooperación-, el grueso de la masa propiamente hablando no llega a tener conciencia a pesar de un siglo de propaganda y agitación.

Que el pesimismo en nuestro modo de ver las cosas esté o no justificado, la utilidad de hallar, si es posible, medios nuevos que fortifiquen la situación del trabajador es incontestable, y algunos medios, permanentes o transitorios, han sido sugeridos y hasta se han intentado en estos últimos años: tales son la huelga general, la huelga militar, la huelga internacional de los mineros, la marcha de los obreros desocupados o en huelga hacia la capital (como en América y no hace mucho en Francia), etc., el sabotaje (el trabajo lento y defectuoso, el «go canny» preconizado en Francia), etc. Se han hecho también esfuerzos para utilizar las organizaciones obreras de producción o de consumo para ejercer una acción económica directa, por ejemplo, una combinación del tradeunionismo y de la cooperación, colonias corporativas, bolsas de trabajo (según la expresión americana relativa al cambio directo de los frutos del trabajo), etc.

He aquí por qué me aventuro a sugerir otros medios de acción. La actitud de los anarquistas no puede ser diferente de la que han adoptado para con los medios que acabo de citar, es decir, ayudarles prácticamente cuando sea posible, pero sin apartarse de la propaganda de nuestra concepción social completa de hombres libres en una sociedad libre.

Lo que convendría, además de la propaganda intelectual directa de las ideas anarquistas y de la acción realmente revolucionaria que es independiente de toda discusión preliminar, es conducir a las grandes y crecientes masas del pueblo a que comprendan y abracen el principio de la dignidad y de la libertad humanas así como el de la solidaridad y tiendan y vivan según estos principios. Además, es necesario que la conexión inseparable que une estos dos principios esté reconocida, pues el primer principio superficialmente interpretado puede conducir a la acción personal del individuo para sí mismo, sin que se preocupe de si su mejora deja atrás la de sus compañeros, mientras que la solidaridad, no es más que la que vemos aplicar todos los días en torno nuestro y que nos hiere a cada momento -la solidaridad de la mayoría compacta con las peores fealdades del sistema actual: competencia, patriotismo, religión, partidos políticos, etc.- Una mayor y consciente combinación de los sentimientos y de liberad con los de solidaridad es muy necesaria y los que hayan progresado hasta este estado estarán más inclinados a aceptar nuestras ideas o serán más capaces de comprenderlas que ciertas capas de la población presente. Por esto no creo equivocarme fijando semejante criterio, piedra de toque de los medios de acción posibles; y los medios de acción que no se eleven hasta este nivel deben mejorarse.

Antes de entrar en materia, es necesario que dé a conocer mis opiniones sobre dos puntos relativamente a los cuales creo ser un hereje que se aparta de las creencias económicas corrientes y, en ciertos casos, de los argumentos en uso de la acción. Mis ulteriores conclusiones estarán basadas sobre estos dos puntos preliminares. Uno de ellos se refiere a esto que se llama el público. Este factor, a mi modo de ver, no se toma lo suficiente en consideración en las luchas obreras. Los trabajadores de una industria están organizados y luchan tenazmente para mejorar su situación económica; los patronos hacen lo mismo y pueden verse obligados, por el poder de una fuerte unión de trabajadores, a hacer concesiones al trabajo. Pero los consumidores de productos de esta industria no están organizados y nada hacen para poner a salvo su interés y para la reducción de sus gastos a la tarifa más baja posible, lo cual da por natural resultado que los capitalistas buscan el modo de recuperar, y lo logran casi íntegramente, el precio de sus concesiones al trabajo sobre el público que compra. El trabajo, que yo sepa, no se toma interés alguno por esta última consecuencia de la lucha. Por eso los precios suben o la calidad de los productos va siendo más inferior y el público paga los gastos de las concesiones arrancadas por el trabajo al capital por ser el partido más débil.

Pero, ¿quién es el público? Todos, los consumidores, naturalmente. De momento podemos dividirlo en dos categorías; los que gozan de grandes ingresos y que las fluctuaciones de los precios no les afectan seriamente (y podemos ponerles fuera de la cuestión) y la masa inmensa cuyos ingresos son menores o pequeños y a quienes la menor alteración de los precios ocasiona un verdadero perjuicio, privaciones o ruina. Un considerable número de estos últimos puede soportar esta nueva carga, consecuencia del triunfo de la huelga de sus compañeros de trabajo, sea por su convencimiento anarquista o socialista, sea gracias al instintivo sentimiento de solidaridad y de amor hacia una causa que hace de ellos la base de nuestras esperanzas en un porvenir más amplío; pero creo que sería hacerme ilusiones si cerrara los ojos sobre el hecho de que la gran masa, no tocada por las ideas de progreso y por los nobles sentimientos (si los tuviera, ¿soportaría el sistema actual?), no siente crecer su simpatía por el trabajo organizado y permanece indiferente, cuando no hostil, como antes.

Me imagino, por ejemplo, que si durante una huelga de mineros, un trabajador, el marido, simpatiza con los huelguistas y ayuda pecuniariamente la huelga con algunos céntimos, la mujer, que tiene el doble problema de resolver con el mismo salario la compra del carbón encarecido y los demás artículos necesarios a la vida, se guardará muy bien de participar de las simpatías del marido y hará valer la cuestión doméstica neutralizando los sentimientos de éste.

Las huelgas de este género dejan las cosas en el mismo estado económico y moral de antes, aun cuando la huelga salga victoriosa, pues la carga de concesiones económicas la endosan los capitalistas al público comprador. La masa de los trabajadores sufre sus consecuencias tanto más, cuanto más grande sea su pobreza; y la elevación moral y el entusiasmo de los huelguistas y de los que simpatizan con ellos están contrarrestadas por la depresión y la hostilidad mudas del resto de la masa que, en realidad, paga los platos rotos.

Por esto sería utilísimo encontrar el modo que el público (la masa de los trabajadores) pueda interesarse de modo material y no únicamente sentimental del propio modo que se interesan los huelguistas. Una vez interesados seriamente, su ayuda podría ser enorme, pues además de la ayuda y de las subscripciones, pueden manejar fácilmente el arma poderosísima del boicotaje. He aquí el primero de mis dos puntos preliminares.

Mi segunda herejía concierne a la responsabilidad de los trabajadores relacionada con el trabajo que efectúan. Esta responsabilidad no ha sido aún reconocida. Es la costumbre de considerar honrado trabajador a un individuo que trabaja por un salario, sin fijarse nunca en su clase de trabajo. ¿Hay ocupación alguna que de modo efectivo se evite o se execre? Aparte el hecho descorazonador de las solicitudes para ocupar la vacante de verdugo, ¿no leemos todos los días que personas de todas las clases sociales solicitan un empleo en el cuerpo de policía o se ofrecen para criados y cocineros particulares? Los soldados que en nuestro país se alistan voluntariamente saben que su ocupación no consistirá en defender «su patria», que nadie ataca, sino en reprimir las rebeldías de los pobres compatriotas suyos mal armados y reprimirlas tan despiadadamente como sea posible para ahogarlas en sus comienzos. Así, pues, vemos como hay gentes que no se avergüenzan de ser verdugos, policías, corredores, recaudadores de impuestos, agentes de propiedad con sus crowbarmen en Irlanda, etc., la misma masa no se avergüenza de fraternizar con los soldados. La sedicente opinión pública, que tanta profesión hace de humanitarismo y civilización, parece, en nuestro ambiente, que desprecia a sus enemigos, y si se ocupa de ellos es para disculparlos, porque no es culpa suya.

Yo voy más lejos y digo: mientras esta escoria de la humanidad goza de alguna popularidad entre la mayoría del pueblo, ejercen industrias y profesiones atroces mayor número de individuos y nadie los vitupera. Me refiero a la gran masa de trabajadores manuales que producen habitaciones de calidad inferior, vestidos de calidad inferior, alimentos de calidad inferior, etc., que degradan la vida, embrutecen el espíritu y aniquilan el cuerpo de sus mismos compañeros de trabajo. ¿Quién ha construido los tugurios -y lo que es peor- quién los mantiene en un estado que permite su explotación continua con reparaciones simuladas? ¿Quién produce los vestidos que caen a jirones a los pocos días de usarse, los alimentos y las bebidas abominables que únicamente compran los pobres? ¿Quién es, en fin, el que los vende fraudulentamente al público después de haberles hecho sufrir mil manipulaciones químicas que acaban de deteriorarlos? Todo esto lo efectúan (aunque inspirado, sin duda, por los capitalistas) importantes ramas del trabajo respetadas y bien organizadas: la industria de la edificación, la industria textil y los empleados del comercio. Esto me indigna y subleva y sería inexcusable no ocuparse de ello.

En el fondo de todo esto se encuentra siempre la vieja y egoísta excusa: «Debo hacerlo, yo no puedo escoger el género del trabajo. Si no lo hago yo, lo hará otro. No hago ningún beneficio, preferiría hacer otra cosa verdaderamente útil. Pero yo no soy responsable, la responsabilidad es del patrono que me ordena hacer lo que hago». Creo que mientras esta excusa, excusa de mercenario, fuego fatuo, se admita y acepte generalmente, las cosas continuarán como hasta hoy y el provenir de paz soñado no vendrá. De acuerdo los capitalistas con esta manera de ver, estarán siempre en disposición de pagar a una mitad de trabajadores para que tenga a la otra mitad. Continuarán, además, manteniendo a la mayor parte de los trabajadores en un estado de degradación física e intelectual, abatidos, carentes de energía, ignorando en su mayor parte los goces infinitos de la vida, gracias a su medio deprimente y a la insuficiencia de alimento que debilita sus cuerpos y sus cerebros. Y el trabajo manual, el trabajo práctico que engendra este estado de cosas es obra de los mismos trabajadores que sufren sus consecuencias. 

El homicidio directo, el cometido por los soldados que fusilan a los huelguistas, y el asesinato indirecto hijo de la producción de estas horribles habitaciones, de los alimentos, etc., cometido por los trabajadores en sus propios compañeros, son dos acciones igualmente perjudiciales por sus consecuencias, acciones que hay que tener en cuenta antes de pensar en obtener alguna mejora.

Max Nettlau

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