4 años más de Rajoy por simple y bastardo interés partidista



Todo apunta a que tendremos otro cutrenio negro de Rajoy. Seguirá dictando no porque haya sido masivamente votado, no por lo bien que lo hizo en el anterior cutrenio prorrogado, no; lo será simplemente por interés partidista de los cuatro partidos principales . En primera instancia y cargando con la mayor parte de la culpa tenemos a los sociatas, ellos han dado el poder a este asqueroso que se cree todo un estadista de antología histórica. Pero los demás partidos, en mayor o menor medida, serán los que den el Poder a quienes ya llevan más de cuatro años atentando contra el pueblo al que dicen representar. De los falangitos no podemos esperar más que sumisión ante el partido que a ellos les gustaría ser, su alianza con los peperos es algo natural, una simbiosis en la que los dos ganan y contentan a su electorado. Pero otra cosa muy distinta es que quienes se hacen llamar socialistas y obreros pongan a Rajoy en bandeja de plata el bastón de mando. No tienen excusa posible y lo saben. Aun así, intentan explicar lo inexplicable contando con la inopia cerebral de sus fieles votantes, porque a los que tienen en nómina y paniaguados les basta con el ingreso mensual en sus cuentas bancarias. Esta traición, una más, de la cúpula sociata, da la vuelta como a un calcetín al panorama político en nuestra tierra. El caso es que Rajoy seguirá dictando otros cuatro años gracias al miserable sectarismo partidista, veamos:

A C´s no le interesa que tengamos elecciones en una fecha próxima, necesitan del desgaste pepero que siempre se produce en todos los partidos cuando gobiernan. Tras otros cuatro años de recortes, soberbia y represión, es muy probable que el trasvase de votos franquistas a los neofalangistas sea considerable. En estos cuatro años podrán engrasar bien los engranajes de su partido y consolidarse en muchos ayuntamientos a los que aun no llegan. Así que si depende de estos, Rajoy gobernará otros cuatro años. Han renunciado a cumplir casi todo lo que prometieron antes de las elecciones, cosa que según los tertulianos de TV y radio es algo normal y lógico en política, que los políticos son tahúres con licencia vaya. Son constantemente humillados por sus hermanos mayores peperos, naranjitos les llamaban; pero da igual, según ellos todo es por esa entelequia que aun no sabemos bien en que consiste y que estos mangantes de corbata llaman España. Rivera es imbatible en el terreno dialéctico, el problema que tiene es que esas resabiadas y calculadas palabras carecen de cualquier tipo de matiz humano. Girauta es uno de los monigotes que el Bilderberg tiene en España dentro de casi todos los partidos. La Arrimadas se arrimó a la sombra de Rivera y su vocecita de nunca haber roto un plato no puede esconder su ambición viperina. Villegas es el prototipo de numerario del Opus Dei, si es que tiene cara de monaguillo reiteradamente sodomizado por su párroco, oigan. Así que estos Cuñaodanos han restado votos al PP sólo para que unos nuevos señoritos coman de esa porción del pastel estatal y defiendan con uñas y dientes (nunca con principios y ética) el aseguramiento mensual de tal parte. Y todo por España, todo por usted y tal.

Al PSOE tampoco le interesa una legislatura corta. Necesitan tiempo para lamerse las heridas e intentar explicar lo inexplicable. Ya han perpetrado su traición, el mal ya esta hecho; y no se han pegado un tiro en el pie para poco después rectificar. La sucia abstención sociata es un pack en el que no sólo cuenta el abstenerse, en él también se incluye un período de al menos dos años más de gobierno pepero, aunque me temo que durará toda la legislatura. Al igual que ocurre con los falangitos, durante estos cuatro años harán el papel de poli bueno acusando al malo, asistiremos al ya más que visto y lamentable espectáculo en el que los grajos llaman negros a los cuervos, pero las heces de ambos siempre caen sobre nuestros rostros. Ellos piensan, y no sin fundamentos; que tras cuatro años más de PP y debido al desgaste que conlleva el comportarse como un saqueador sin antifaz, el pueblo no sólo volverá a votarles, sino que incluso rogarán que ellos vuelvan a gobernar. Pedro Sánchez de gira rockera en su carro y Susana Díaz siendo bendecida por los gerifaltes de Bruselas. Pedro es un fantoche al que sólo le interesa su ambición personal, Susana también adolece de la misma degeneración, muy extendida en el ámbito político como ya saben. Pedro es un zombi político y Susana tiene menos carisma que una lapa, todo el que tenga ojos puede ver claramente esta evidencia. Así que sin un líder definido, las bases alborotadas ante la disyuntiva de escoger bando y perder la apuesta y los electores que por fin han visto el demoníaco rostro que tanto tiempo enmascaró el PSOE, ni está el horno para bollos, ni corren vientos favorables como para embarcarse en unas inminentes elecciones. Su "lógica socialista" les lleva a permitir gobernar a los fascistas sólo por puro interés partidista, aunque como todos graznan, todo es por la patria, todo por su bien y tal.

A Podemos tampoco le interesa unas inminentes elecciones, necesitan tiempo para poder extender su red de candidatos por todo el territorio nacional, tengamos en cuenta que prácticamente acaban de irrumpir en la escena política y tener candidatos en cada pueblo de España es trabajo de enanos orfrebes, cosa de años. En estos próximos cuatro años podrán hacer su papel de férrea oposición bromeando en el parlamento con Rajoy, ofreciendo circo del malo y pocas soluciones a nada. Son cuatro años en los que el PP volverá a machacar a los de abajo y en menor medida a los medianos, y es ahí donde Podemos espera encontrar el filón de votos, en la clase media, puesto que los de abajo ya hemos dejado claro en la anterior rifa electoral  que no nos representan, 33% de abstención. Observen como en sus discursos hablan de los trabajadores y las clases medias. Es para descojonarse oir a Iglesias hablar de las clases medias y después ver el vídeo de La Tuerka en el que dice: "Según Mao, el Poder nace en la boca de los fusiles", de antología de maquiavelos de pastel, oigan. Estos no han venido para combatir al fascismo en ascenso, muy al contrario, ellos fomentan que ese fascismo se diga ganador y llame perdedores al 70% de la población que no les votó. Al fascismo no se le combate en las urnas tratándolo como a un igual, como a un digno rival; eso sólo es cosa de politicastros oportunistas que sacan réditos del río revuelto y terminan dando la enhorabuena a sus iguales fascistas cuando sacan más votos que ellos. Así que también para Pablemos es beneficioso que Rajoy dicte al menos otros dos años, tiempo en el que las clases medias sin más orientación política que su propio bolsillo opten por votar a Podemos, ya que C´s ha dejado claro que sólo son una sucursal del PP subvencionada por los mismos Bancos. Dicen que quieren ser como Finlandia, pero sin mandar a la patronal a Laponia para que trabajen de mamporreros de renos en invierno. Dicen que al rey nadie lo eligió, y efectivamente es así, es rey por la puta gracia de Dios y el dedo del Cabronsísimo; pero a la par graznan que Fidel Castro es un ser ejemplar, aunque dictó por propia decisión testicular, nunca por aclamación popular. Se dicen anticapitalistas, pero en su panfleto-muestrario de Ikea aparece constantemente el milico que han fichado, alto mando en la guerra de Libia, como dulce amo de casa. Todo hipocresía y carencia absoluta de autocrítica, propaganda y engaño masivo en busca de eso que llaman "hegemonía", aunque les basta con el 30% del censo para imponerse, al igual que sus iguales de otros partidos.

Tu voto ha vuelto a servir de moneda de cambio entre taimados prestamistas. Cuatro años de constantes atentados contra nuestra salud, nuestra libertad y nuestra dignidad, un año más de prórroga, y los mismos saqueadores siguen en el Poder. Todo ello por interés partidista, no por elección del pueblo. En este nuevo período de más recortes, más represión y más soberbia, se podría consagrar un segundo Pacto de la Moncloa en el que PPSOE y C´s cambien la ley electoral e incluso la Constitución para evitar que el chiringuito admita más socios, entonces será cuando la cotización de tu voto pase de valer para casi nada a rebajarse hasta el coste del estiércol. Salud y Libertad.

La gran caza del tiburón. ( Poder freak en las rocosas) Hunter S. Thompson, 1979 [Pdf & epub]




Informe y análisis divagatorio (con rudas consignas) del Poder Freak en las Montañas Rocosas… sobre la extraña técnica de un intento de lograr el control de un pueblo pequeño… y una sencilla defensa de la toma del poder político y de su uso como un arma arrebatada a un poli… con comentarios diversos sobre el incierto papel del head y el terrible Factor Estupor… y otras notas dispersas sobre «cómo castigar a los cerdos», cómo asegurar que el cerdo de hoy sea el embutido de mañana… y por qué sólo se puede tratar con este nuevo mundo enloquecido con… ¡Una Actitud Nueva!

Dos horas antes de cerrar las urnas, advertimos que no teníamos un cuartel general: no disponíamos de ningún lugar donde se pudieran reunir los fieles para la terrible guardia de la noche de las elecciones. Ni para celebrar la Gran Victoria, que, de pronto, parecía posible. Habíamos llevado toda la campaña desde una gran mesa de roble de Jerome Tavern, en la Calle Mayor, trabajando a la vista del público, para que todos pudieran ver la cosa y hasta echar una mano si les apetecía… y ahora, queríamos un poco de intimidad para las últimas horas; queríamos un sitio limpio y bien iluminado, donde acomodarnos y esperar…

Necesitábamos también grandes cantidades de hielo y de ron… y un talego de drogas machacacerebros para quienes querían terminar la campaña al nivel más alto posible, independientemente del resultado. Pero lo que más falta nos hacía, ahora que empezaba a oscurecer, y teniendo en cuenta que había que cerrar las urnas a las siete, era una oficina con varias líneas telefónicas, para un buen chaparrón de llamadas de última hora a los que aún no habían votado. Habíamos reunido las listas de votantes justo antes de las cinco (procedían de nuestros equipos de control de urnas, que llevaban en pie desde el amanecer) y era evidente, en un recuento apresurado, que el electorado básico del Poder Freak había acudido en gran número.

Joe Edwards

En las menguantes horas del día de las elecciones, en aquel noviembre de 1969, Joe Edwards, un freak de veintinueve años, abogado y corredor de motos, natural de Texas, parecía destinado a convertirse en el próximo alcalde de Aspen, Colorado. El alcalde saliente, el doctor Robert «Buggsy» Barnard, había estado emitiendo malignas advertencias durante las cuarenta y ocho horas anteriores, amenazando con graves penas de cárcel por fraude electoral y con la intimidación violenta de «falanges de controladores electorales», a la basura freak que se atreviera a presentarse a votar. Revisamos las leyes y descubrimos que los mensajes radiofónicos de Barnard violaban las normas de «intimidación del votante», así que llamé al fiscal del distrito para que detuviera inmediatamente al alcalde… pero el fiscal del distrito dijo: «A mí no me metan en esto; controlen ustedes sus urnas».

Y así lo hicimos, con equipos magníficamente organizados de controladores electorales: dos en guardia permanente en cada lugar de votación, dentro, y otros seis fuera en camionetas y rancheras bien repletas de carne, café, propaganda, listas de comprobación y fotocopias encuadernadas de todas las leyes electorales del Estado. La idea era que los hombres que teníamos dentro de los puntos oficiales de votación, tuvieran siempre a mano suficiente ayuda. Y la razón en que se apoyaba esta medida pública un poco exagerada (que asustaba a muchos que, en realidad, no habrían votado a Edwards) era que nos preocupaba que el alcalde y sus hombres montasen una escena desagradable antes, que llenasen la red de información y de chismorreo underground con rumores para asustar a muchos de nuestro votantes. La mayoría de los nuestros temían cualquier tipo de acoso legal en las urnas, fuesen cuales fuesen sus derechos. Así que parecía importante dejar bien sentado desde un principio que conocíamos las leyes y que no toleraríamos que nadie intimidase a nuestros electores. Nadie. Así que entregamos a todos los controladores electorales del turno del amanecer una grabadora portátil con un micrófono, con instrucciones de plantar dicho micrófono en las narices de cualquier controlador electoral de la oposición que preguntase algo más de lo estipulado por las leyes respecto a nombre, edad y residencia. 

No podía preguntarse nada más, sin incurrir en las penas indicadas en una oscura ley electoral que trataba de la «intimidación frívola», especie de hermana menor de otro delito mucho más grave: la «intimidación electoral». Y dado que la única persona que había llegado a amenazar con intimidar a los votantes era el alcalde, decidimos forzar el enfrentamiento cuanto antes, en el pabellón 1, pues Buggsy había anunciado que acudiría allí personalmente para formar parte del primer turno de control electoral de la oposición. Decidimos que sí querían lucha, la tendrían.

El centro electoral del pabellón 1 estaba en un edificio llamado Cresthaus, propiedad de un suizo/nazi viejo y ruin que se hace llamar Guido Meyer. Martin Bormann se fue al Brasil y Guido se vino a Aspen; llegó aquí pocos años después de la Gran Guerra… y ha consagrado desde entonces casi todas sus energías (incluyendo dos períodos completos como magistrado de la ciudad) a desquitarse de este país ordeñando a los turistas y mandando detener a la gente joven (o pobre). Así que Guido vigilaba ansioso cuando el alcalde llegó al aparcamiento a las siete menos diez, pasando con su Porsche entre un grupo de silenciosos partidarios de Edwards. 


Habíamos reunido a una media docena de electores legales, los más cochambrosos que encontramos… y estaban esperando para votar cuando el alcalde llegó a las urnas. Tras ellos, haraganeando alrededor de una cafetera, en una vieja furgoneta VW, había por lo menos otros doce, casi todos altos y barbudos, algunos ávidos de violencia pues se habían pasado la noche preparando cadenas y atiborrándose de anfetas para estar bien locos. Buggsy se quedó aterrado. Era la primera vez en su larga experiencia con drogas que echaba la vista encima a un grupo de freaks no pasivos, sino superagresivos. ¿Qué les había pasado? ¿Por qué miraban con aquellos ojos? ¿Y por qué gritaban «Estás jodido, Buggsy… Vamos a aplastarte… Estás liquidado… Te vamos a poner el culo como un pandero»? ¿Quiénes eran? ¿Eran todos forasteros? ¿Una banda de aterradores motoristas anfetamínicos de San Francisco? Sí, claro, por supuesto… aquel cabrón de Edwards había traído a un puñado de falsos electores. Pero volvió a mirar… y reconoció, a la cabeza del grupo, a su viejo camarada de barra y borrachera, Brad Reed, el alfarero, conocido forofo de las armas, uno noventa, ochenta y ocho kilos, que sonreía silencioso tras la barba y la negra cabellera ondeante… No decía nada, sonreía sólo…


Dios santo, a los otros también les conocía… allí estaba Don Davidson, el contable, bien afeitado, con pinta muy normal, con su anorak de esquiador marrón claro; pero no sonreía… ¿Y aquellas chicas, aquellas monadas rubias y jugosas, cuyos nombres conocía de encuentros esporádicos en circunstancias más amistosas? ¿Qué hacían allí al amanecer, con aquella chusma amenazadora? ¿Qué hacían realmente? Se coló dentro a ver a Guido, pero se encontró con Tom Benton, artista melenudo y conocido radical… Benton sonreía como un cocodrilo y esgrimía un pequeño micrófono negro. «Bienvenido, Buggsy —le dijo—. Llegas tarde. Los electores están fuera esperando… sí. ¿No les viste ahí fuera? ¿Fueron amables contigo? Sí te preguntas qué hago aquí, te diré que soy del equipo de control del fraude electoral de Joe Edwards… y esta maquinita negra que tengo aquí es para grabar todo lo que digas en cuanto empieces a infringir la ley intimidando a nuestros electores».


El alcalde perdió el primer asalto casi al instante. Uno de los primeros votantes claramente favorable a Edwards del día fue un chaval rubio que no aparentaba más de diecisiete. Buggsy se puso a discursearle y Benton se le plantó delante con el micrófono, dispuesto a intervenir. Pero antes de que Benton pudiera decir una palabra, el chaval empezó a burlarse del alcalde:

—¡Vete a la mierda, Buggsy! —gritó—. Tú no sabes cuántos años tengo. ¡Conozco muy bien la ley! ¡No tengo por qué enseñarte ninguna prueba! ¡Eres hombre muerto, Buggsy! ¡Apártate de mi camino! ¡Voy a votar!

El revés siguiente del alcalde fue con una jovencita muy embarazada, sin dientes, con una camiseta de manga corta gris y ancha y sin sostén. Alguien la había llevado hasta las urnas, pero al llegar allí se echó a llorar (temblaba de miedo) y se negó a entrar. No se nos permitía acercarnos a menos de treinta metros de la puerta, pero se lo comunicamos a Benton, que salió y acompañó a la chica al pabellón. Pese a las protestas de Buggsy, la chica votó, y al salir sonreía como si acabase de asegurar ella sola la victoria de Edwards.

Después de esto, dejamos de preocuparnos por el alcalde. No habían aparecido matones con cachiporra, no se veían matones por ninguna parte y Benton había logrado un control perfecto del terreno alrededor de la urna. Por otra parte, en los pabellones 2 y 3 el voto freak no era tan numeroso y transcurría todo con más normalidad. Bueno, en el pabellón 2 nuestro controlador electoral oficial (un drogota que lucía una barba de unos sesenta centímetros de largo) había provocado el pánico acosando a docenas de electores normales: el fiscal llamó a Edwards comunicándole que en el pabellón 2 había un chiflado que no quería dejar votar a una mujer de setenta y cinco años si no enseñaba la partida de nacimiento; tuvimos que sustituirle. Su celo resultaba estimulante, pero temíamos que pudiera provocar una reacción.

Esto había sido una amenaza constante. Habíamos intentado movilizar todo el voto underground, sin asustar a los burgueses y empujarles al contraataque. Pero no resultó: sobre todo porque nuestra mejor gente también era, la mayoría, melenuda y muy escandalosa. Los arietes de nuestro primer ataque (la campaña de inscripción de media noche) habían sido dos barbudos, Mike Solheim y Fierre Landry, que recorrieron calles y bares buscando votantes como yonquis locos, ante una apatía casi general.

Aspen está lleno de freaks, heads y extraños pájaros nocturnos de toda calaña… pero casi todos preferían la cárcel o el bastonazo al horror de tener que inscribirse realmente para votar. A diferencia de la masa general de burgueses y negociantes, el que se ha marginado tiene que hacer un esfuerzo para usar su voto, que lleva dormido mucho tiempo. No es que sea lioso, no hay riesgo ninguno y son diez minutos de charla… pero la idea de inscribirse para votar resulta insoportable. Las implicaciones psíquicas, el «volver a integrarse en el sistema», etc., son tremendas… y en Aspen aprendimos que es inútil intentar convencer a la gente de que dé tal paso si no se les da una razón excelente para hacerlo, como un candidato muy insólito o algún tipo de arenga emocionante.

El problema básico con que nos enfrentamos el otoño pasado es la sima que separa a la cultura freak de la política activista. En algún punto de la pesadilla pesimista que se apoderó de Norteamérica entre 1965 y 1970, la vieja idea nacida en Berkeley de derrotar al Sistema combatiéndolo cedió el campo a una especie de vaga certeza de que, a la larga, tenía más sentido huir, o esconderse incluso, que combatir a los cabrones con algo que recordase, aunque fuera vagamente, sus propias normas.

Nuestra campaña de inscripción de diez días se centró casi exclusivamente en la cultura marginal. No querían participar en ninguna actividad política directa y costó mucho trabajo convencerles para que se inscribiesen. Muchos llevaban viviendo en Aspen cinco o seis años y no tenían ningún miedo a que les procesaran por fraude electoral… pero no querían que les acosaran ni que les intimidaran. Casi todos vivimos aquí porque nos gusta poder salir a la puerta de casa y sonreír ante lo que vemos. Yo tengo en el porche delantero una palmera plantada en una palangana azul… y, de vez en cuando, me gusta pasear por allá fuera, en pelota, y disparar mi Magnum del 44 contra varios gongs que he instalado en la ladera. Me gusta cargarme bien de mescalina y subir el amplificador a los 110 decibelios para saborear bien White Rabbit mientras sale el sol entre los picos nevados de los montes. Pero el motivo exacto no es ése. El mundo está lleno de sitios donde un hombre puede disfrutar tranquilamente de las drogas, la música y las armas… aunque no por mucho tiempo. Yo viví dos años junto a Haight Street, pero a finales del año 66 todo el barrio se había convertido en un imán de policías y en un mal rollo. Entre los estupas y la golfería psicodélica, apenas quedaba ya sitio donde vivir.

Aspen, Colorado
Lo que pasó en Haight recordaba sucesos anteriores de North Beach y del Village… y quedó demostrado de nuevo que en realidad es inútil apoderarse de un terreno que uno no puede controlar. El proceso es siempre el mismo: una zona de renta baja pasa ser de pronto nueva, libre y humana… y se pone de moda, lo cual atrae a la prensa y a los polis aproximadamente al mismo tiempo. Los problemas policiales dan más publicidad que atrae a los chalados de las modas y a la golfería en general: lo que significa dinero, que atrae a yonquis y a ladrones de baja estofa. Su actuación trae más publicidad y (por alguna razón perversa) a una masa de tipos aburridos de movilidad social ascendente que disfrutan con emoción de la vida amenazada «ghetto blanco» y cuyos gustos «cuenta de gastos» ponen los alquileres locales y los precios de las tiendas fuera del alcance de los habitantes del barrio… que se ven obligados a mudarse de nuevo.


Uno de los acontecimientos más esperanzadores de la fracasada historia de Haight-Ashbury fue el éxodo a comunas rurales. La mayoría de las comunas fracasaron (por razones que todo el mundo puede ver ahora, retrospectivamente; pensemos en aquella escena de Easy Rider de aquellos pobres freaks que pretendían sacar una cosecha de un terreno que era arena seca), pero las pocas que triunfaron, como la Hog Farm de Nuevo México, mantuvieron a toda una generación en la creencia de que el futuro estaba fuera de las ciudades. Cientos de refugiados de Haight-Ashbury intentaron establecerse en Aspen después de aquel desventurado «verano del amor» de 1967. Aquí el verano fue una salvaje e increíble orgía drogata, pero cuando llegó el invierno se rompió la cresta de la ola y se esparció por bajíos de problemas locales tales como trabajo, alojamiento y metros de nieve en los caminos de cabañas a las que unos meses antes era fácil llegar. Muchos refugiados de la Costa Oeste se fueron, pero quedaron varios centenares; trabajaron como carpinteros, camareros, encargados de bar, lavaplatos… y al cabo de un año formaban parte de la población fija del lugar. A mediados de 1969, ocupaban la mayoría de las llamadas «casas de bajo coste» de Aspen; primero ocuparon los pequeños apartamentos del centro del pueblo, luego cabañas alejadas y, por último, los campamentos de remolques. Así que la mayoría de los freaks consideraban que no merecía la pena aguantar toda la mierda que acompañaba a la votación, y las amenazas ilegales del alcalde no hacían sino reforzar su idea de que la política en Norteamérica era algo que había que evitar. Una cosa era que te detuvieran por yerba, el delito «compensaba el riesgo»… pero no tenía sentido comparecer ante un juez por una «formalidad política», aun en caso de no ser culpable. Este sentido de la «realidad» es un distintivo de la Cultura de la Droga, que pone la Recompensa Instantánea —un viaje agradable de cuatro horas— por encima de cualquier cosa que entrañe un intervalo de tiempo entre el Esfuerzo y el Fin. En esta escala de valores, la política es demasiado difícil, demasiado «compleja» y demasiado «abstracta» para justificar cualquier riesgo o acción inicial. Es el lado frívolo del síndrome «Buen Alemán».

Ni siquiera se nos ocurrió la idea de pedirle a la gente que se «adecentase». Podían ir sucios, desnudos incluso, nos daba igual… lo único que pedíamos era: primero inscribirse y luego votar. Un año antes, no habían visto diferencia alguna entre Nixon y Humphrey. Estaban contra la guerra de Vietnam, pero la cruzada de McCarthy no había llegado jamás hasta ellos. En las bases de la cultura marginal, la idea de ponerse elegante por Gene McCarthy era un chiste malo. Tanto Dick Gregory como George Wallace obtuvieron una cuantía insólita de votos en Aspen. Robert Kennedy habría ganado en el pueblo si no le hubieran matado, pero no por mucho. Es un pueblo básicamente republicano: hay más del doble de republicanos que de demócratas… pero el total de ambos partidos mayoritarios sumado sólo iguala al número de independientes inscritos, la mayoría de los cuales tienen a gala el ser totalmente impredecibles. Son una mezcla confusa de izquierdosos enloquecidos y de superreaccionarios; fanáticos de baja estofa, traficantes de drogas, instructores de esquí nazis y «granjeros/psiquedélicos» totalmente pasados sin más política que la de la pura supervivencia personal. Al final de aquel ajetreo frenético de diez días, dado que no llevábamos cuentas, ni había listas, ni reseñas, ni archivos, no teníamos medio de saber cuántos drogotas semidespiertos habían llegado realmente a inscribirse, ni cuántos votarían. Así que hubo una cierta sorpresa cuando, hacia el final de aquel día de elecciones, las encuestas de nuestros controladores electorales indicaron que Joe Edwards se había adjudicado más de trescientos de los cuatrocientos ochenta y seis nuevos inscritos que acababan de pasar a los libros.

En la noche electoral
Estábamos preparados para una noche muy larga (esperando que se contaran a mano las papeletas), pero antes incluso de que se cerraran las urnas ya sabíamos que habíamos cambiado toda la estructura política de Aspen. La vieja guardia estaba condenada, los liberales aterrados y el underground había aflorado, con una brusquedad terrible, en un viaje de poder muy serio. Yo había prometido durante la campaña, en calles y bares, que si Edwards ganaba la elección y era alcalde, al año siguiente me presentaba yo para sheriff (noviembre de 1970)… pero nunca se me pasó por la cabeza que de veras tuviera que presentarme, lo mismo que no había creído nunca en serio que pudiéramos tener la menor posibilidad de «apoderarnos» de Aspen.

Joe Edwards combatía a los urbanizadores y a los especuladores inmobiliarios, no a los veteranos y a los rancheros… Y costaba entender, visto su programa, que pudiesen discrepar en el fondo de lo que nosotros decíamos y proponíamos… salvo que lo que en el fondo les inquietase fuera el hecho muy probable de que con el triunfo de Edwards desapareciese su posibilidad de vender al mejor postor. Con Edwards, decían, vendrían horrores como Zonificación y Ecología, lo cual pondría trabas a su buen estilo del Oeste, la ética compra barato y vende caro… libre empresa, como si dijésemos, y los pocos que se molestaron en discutir con ellos, descubrieron pronto que su palabrería nostálgica sobre «los buenos tiempos» y «la tradición de este valle pacífico» sólo era burda tapadera de su temor a los «recién llegados, de ideas socialistas». Fuese cual fuese el resultado de la campaña de Edwards, era indudable que habíamos barrido aquella mierda boba sentimental de los «veteranos que amaban la tierra».

Tras una salvaje campaña tragafuegos, perdimos sólo por seis votos, de un total de 1.200. En realidad perdimos por un voto, pero cinco de las papeletas de nuestros votantes ausentes no llegaron a tiempo: básicamente porque les fueron enviadas (a sitios como México, Nepal y Guatemala) cinco días antes del de la elección.

En otras palabras, ¿por qué no presentar como candidato a un freak honrado y dejarle luego suelto, en el campo de ellos, para demostrar a todos los candidatos «normales» que son y siempre han sido unos fracasados de mierda? ¿Por qué delegar en esos cabrones? ¿Por qué suponerles inteligentes? ¿Por qué creer que no van a desquiciarse y a desmoronarse? (Cuando los japoneses se incorporaron al balonvolea olímpico derrotaron a todos utilizando técnicas extrañas pero enloquecedoramente legales, como el «giro japonés», la «espiguilla» y el «pase fulminante de vientre» que convertía en aullante gelatina a sus adversarios más altos). Esta es la esencia de lo que algunos llaman «la técnica de Aspen» en política: ni salirse del sistema ni trabajar dentro de él… sino hacerle enseñar el farol, utilizando su fuerza para lanzarla contra él… y dando siempre por supuesto que la gente que tiene el poder no es inteligente. Al final de la campaña de Edwards, quedé convencido, pese a mi idea de toda la vida en sentido contrario, de que la ley estaba en realidad de nuestra parte. No los policías ni los jueces ni los políticos, sino la ley en sí, tal como está escrita en los mohosos y aburridos códigos que teníamos que consultar constantemente porque no nos quedaba otro remedio.




Los Diarios del Ron [Descargar película por torrent]



Además de un periodista pionero, Hunter S. Thompson fue un sujeto político. Y, naturalmente, un drogadicto insomne hecho a la medida del sueño americano

JOSÉ ANTONIO RUIZ SOLDADO

Cuenta Johnny Depp que la noche que conoció a Hunter S. Thompson lo vio entrar en la Taberna de Woody Creek (Colorado) con una picana para el ganado en una mano y una suerte de fuegos chisporroteando en la otra. Resultó ser una pistola eléctrica. Mientras se abría paso entre la gente que se lanzaba hacia los lados, Depp lo escuchó gritar: ¡Fuera de mi camino, cabrones! Era 1994 y aunque Thompson ya no estaba en la cumbre de su carrera, se había convertido en una leyenda de la contracultura de los 60 y el periodismo político estadounidense.

Fanático de las apuestas y las armas -llegó a tener 22 en su casa, todas cargadas-, Hunter Thompson era un adicto recalcitrante a los psicotrópicos, al whisky y a la política. En cuanto a drogas, prefería la mescalina y los hongos psilocibios -aunque también funcionaba con LSD  y anfetaminas- y, en política, el odio visceral que sentía hacia Richard Nixon le aportó el combustible de mayor octanaje para descargar su furia y desesperación contra todo lo que aborrecía de EE.UU. Siempre regadas con litros de Wild Turkey.


Pero volvamos a las montañas de Colorado. El actor de Donnie Brasco había acudido al rancho de Thompson para preparar el papel en Miedo y asco en Las Vegas, basada en su libro sobre la muerte del Sueño Americano. Ese mito planeará sobre la vida y la obra del escritor de Kentucky a partir de 1967, cuando se compromete con Random House a escribirlo. Desde muy joven se identificaba con Francis Scott Fitzgerald, cuya obra El Gran Gatsby consideraba el relato de la muerte del sueño, encarnado en Jay Gatsby, el héroe trágico moderno. Horatio Alger había creado el mito en el siglo XIX y Hunter, después del éxito de Los Ángeles del Infierno, emprendería un viaje enloquecido por el país de “Mamá, Dios y la Compota de Manzana” en búsqueda de las señales que revelaran el engaño. Patrullando siempre por los márgenes, el certificado de defunción lo extendió en el hotel Circus Circus de Las Vegas en 1971, al parecer ciego de anfetas, barbitúricos y LSD.

Esa manera desquiciada de trabajar lo llevó a encontrar su propia voz y a revolucionar el periodismo. Una forma de describir la realidad que llamó gonzo y que combinaba -con una mezcla de verdad y fantasía- notas inconexas en un cuaderno, subjetividad radical, angustia y alcohol. También speed cuando el plazo de entrega era angustioso. Como el escritor debía participar en los hechos, gonzo se convirtió en su marca personal y en estilo de vida.

LA ÚNICA REVOLUCIÓN POR LA QUE YO APOSTARÍA SERÍA LA QUE ESTUVIESE DISPUESTA A ARRANCAR LAS RAÍCES Y A ROMPER TODOS LOS MOLDES


En el ejército aprendió los rudimentos del oficio como redactor de deportes del periódico de la base, antes de conseguir que lo expulsaran por polémico, rebelde e inmoral. A pesar del talento, que reconocieron sus propios superiores, su carácter indomable y agresivo lo llevó a ser despedido de Time y del Middletown Daily Record, ya fuera por insubordinación o por patear una máquina de golosinas. El cerebro de Hunter era una maraña de cables de alta tensión y la chispa podía saltar en cualquier momento. A pesar de vivir en habitaciones y cabañas a base de latas de atún, crema de cacahuete, pan y leche, mantenía una fe inquebrantable en sí mismo y en su valor como escritor: “Estoy convencido de que representar un papel o adaptarse al engaño es un error y  tengo la maldita intención de seguir viviendo como creo que debo vivir”.

El joven Hunter Thompson se había maleado en las calles de Louisville (Kentucky), su pueblo natal, donde su madre trabajaba como bibliotecaria. Tuvo una buena base de literatura en el instituto y era miembro de la respetable sociedad literaria Athenaeum. Los fines de semana robaban cinco o seis cajas de cerveza y se iban a leer y discutir el mito de la caverna de Platón, lo que le daba cierta elegancia a su incipiente carrera criminal. La noche de su graduación en el instituto la pasó en la cárcel. Esa experiencia le ayudó a averiguar cómo podría apañárselas en la vida. Y tomó el camino de la escritura.

En los años 60, Thompson desplegó su prosa corrosiva y su insolencia en diversas publicaciones y se convirtió en un intérprete brillante y perspicaz de la sociedad y la cultura estadounidenses. En la década de la droga y las revoluciones frustradas,  alcanzó la fama con su primer libro y mostró la fuerza de su escritura, siempre con los colmillos bien afilados. No fue fácil. Vivía de cheque en cheque y las deudas le perseguían pero su integridad profesional nunca formó parte del negocio. Irreverente, escandaloso y pendenciero, un “Billy el Niño con anfetas”, la guerra química en su cerebro y su carácter inestable no le impedían encerrarse durante cinco días y cinco noches y sacar oro de su máquina de escribir. O pura dinamita. Se convirtió en un enfermo de la política, a la que dedicó casi diez años, periodo en que escribió uno de los libros más valiosos -y carente de datos- sobre las campañas presidenciales, y llevó a cabo la disparatada campaña para ser sheriff del condado de Pitkin (Colorado), una experiencia política pionera y radical.


POLÍTICA ES ECONOMÍA. TODAS LAS REVOLUCIONES POLÍTICAS EMPIEZAN CREANDO UN MARCO DE REFERENCIA Y TERMINAN ACEPTANDO OTRO

Pero antes de que todo eso ocurriera asesinaron a activistas y líderes políticos; el país se lanzó a la locura de la guerra en Vietnam; las protestas y disturbios raciales causaron cientos de muertos y Nixon fue elegido presidente. La violencia llegó al extremo con la brutalidad de la policía durante el Congreso Nacional Demócrata de 1968. Thompson, con pase de prensa, recibió en Chicago los golpes de porra y los gases lacrimógenos como cualquiera de los que se manifestaban contra la guerra. Aquel fue un suceso clave que lo dejó marcado y lo estimuló no solo a escribir sobre política sino a entrar en acción. La dosis de realidad que recibió en Chicago puso de manifiesto, una vez más, la esquizofrenia de una nación asustada que basculaba del idealismo a la violencia; de la oscuridad a la luz. “Fui a la convención demócrata como periodista y volví como un cruel revolucionario”

No juego esta mano

Thompson se consideraba a sí mismo un anarquista en esencia aunque su concepción política llegó a ser una extraña mezcla de pragmatismo, idealismo jeffersoniano e individualismo del que hablaba El manantial, la novela de Ayn Rand que tanto le impresionó. Aparecía como un liberal y, a pesar de desconfiar de todo poder y autoridad, creía que la política era el arte de controlar el entorno.

El asesinato de J. F. Kennedy, en noviembre del 63, lo dejó abatido y, aunque Thompson era un patriota, su fe en EE.UU. empezó a flaquear. “Esa fue la primera sacudida que mostró a la generación de los sesenta que quizá las cosas no iban a seguir por el camino que habíamos previsto”. La Revolución antiimperialista había triunfado en Cuba; Thompson lee el prefacio de Sartre a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, sobre la descolonización y reflexiona sobre la “verdadera alternativa”:

“Ningún revolucionario tiene la menor esperanza mientras esté dispuesto a negociar con el Orden Establecido en los términos de éste y en su contexto. La única Revolución por la que yo apostaría sería la que estuviese dispuesta a arrancar las raíces y a romper todos los moldes del Sistema precedente”.


Por el momento, no estaba dispuesto a jugar el “Gran Partido”, a menos que dejara de parecer falso, y dudaba si valía la pena o no arrancar esas únicas raíces. Trabajaba para el National Observer, que le permitió moverse por Sudamérica dos años, y era colaborador de The Reporter. Escribía todos los días, a cien dólares por artículo, salía a cazar alces para comer y estaba en la ruina. Se había casado con Sandra Conklin y esperaban un hijo. Desde su casa de madera en Woody Creek o en la habitación de algún hotel, Thompson seguía meditando sobre la política estadounidense:

“Los gordos están bien atrincherados, han echado raíces y son más traicioneros de lo que pensaba. […] Su fuerza no radica en sus actos, sino en su resistencia y su capacidad de recuperación. […] Metiéndote en política aceptas sus condiciones. Política es economía y cuando participas en esa liga, juegas en el campo de los gordos. Todas las revoluciones políticas empiezan creando un marco de referencia y terminan aceptando otro”.

El tiempo de conformismo social y mansedumbre de los años 50 había desaparecido y la frustración de las expectativas creadas después de la Segunda Guerra Mundial anunciaba las conmociones que iban a estallar. El Movimiento por los Derechos Civiles de los ciudadanos negros había pasado a la acción directa, y los estudiantes habían creado en Berkeley el Movimiento para la libertad de Expresión (Free speech movement), organizando asambleas abiertas y sentadas. Los valores de una sociedad que aceptaba sin discusión la autoridad del gobierno, la familia y la religión se veían sacudidos, sobre todo por los jóvenes, en un gran estallido de rabia e ilusión de un mundo mejor.

Haight-Ashbury de San Francisco

A finales del 64, Thompson ya está instalado en el barrio de Haight-Ashbury de San Francisco cuando se acuña el término hippy. El movimiento psicodélico se derrama por la Costa Oeste, “la patria de los desarraigados”, y la Gran Ola del Ácido absorbe San Francisco. Montones de jóvenes se ven atraídos por la efervescencia de la ciudad. Es la rebeldía frente al orden establecido; la búsqueda de un sentimiento de comunidad en un estado de excitación política y cultural incesante. Y Thompson estaba allí para captar con su sensibilidad aquello que todos creían tener bien enganchado en esa época frenética y salvaje. Una conciencia especial de que lo que hacían estaba bien; de que su fuerza y energía prevalecerían en ese momento mágico de sus vidas.

Después de asistir a la convención republicana en San Francisco, Hunter escribió un artículo incendiario para el Observer que a punto estuvo de costarle el empleo. En el periódico lo consideraban un anarquista rabioso, un borracho empedernido que no dormía nunca. De madrugada, de vuelta del Auditorio Fillmore con los Grateful Dead vibrando en su cabeza no les llevaría la contraria:

“El verdadero anarquista es el único hombre que puede permitirse estar relajado en este mundo; su concepto del futuro es claro y verdadero, sus objetivos son sencillos y sus deseos son muy pequeños en comparación con las jaurías de chacales que forman la oposición. Su único problema es que no puede permitirse el lujo de tener razón, así que casi todos los anarquistas acaban por mentir en nombre de algún mal necesario”.

‘Buy the ticket, take the ride’

Thompson rompió las relaciones con el periódico cuando se negaron a publicarle una crítica favorable sobre El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron, de Tom Wolfe. Y entonces llegó su momento. El periódico de Carey McWilliams, The Nation, le encargó un artículo sobre la banda de moteros que tenían en vilo a la nación: los Ángeles del Infierno. Un año de convivencia con los forajidos californianos lo puso en contacto con Ken Kesey, el LSD y el Movimiento de Berkeley. Los Ángeles del Infierno lo catapultó al éxito y para Thompson fue evidente que existía un mercado “en el circo de monstruos de los 60”. Yonquis, artistas, fugitivos, vagabundos, ladrones, lunáticos. Todos cabalgando en la cresta de una ola fantástica, entre la niebla de Mr. Tambourine Man, que creían no iba a romper jamás. Ya a mediados de los 60, la capacidad visionaria de Thompson le llevaba a predecir el hundimiento del mito de San Francisco. Su utopía era la ciudad a principios de los 60. La Perry Lane de Kesey y los Merry Pranksters. Pero todavía iba a haber emoción hasta el final de la década.

EL VERDADERO ANARQUISTA PUEDE PERMITIRSE ESTAR RELAJADO; SU CONCEPTO DEL FUTURO ES CLARO, SUS OBJETIVOS SON SENCILLOS Y SUS DESEOS SON MUY PEQUEÑOS

El presidente Johnson inició los bombardeos en Vietnam del Norte y la escalada de la guerra empezó a suscitar protestas en los Estados Unidos. La primera asamblea universitaria contra la guerra tuvo lugar en marzo de 1965 en Michigan. Ese mismo verano, la administración Johnson decidió implicarse directamente en Vietnam. En aquel momento, la organización más importante de los movimientos estudiantiles era SDS (Students for a Democratic Society), que desde 1962 defendía la evolución social, no la revolución. Sus miembros se oponían tanto al papel de los Estados Unidos en la guerra fría como al comunismo. Aborrecían a unos sindicatos burocratizados y su mayor preocupación eran los derechos civiles y la guerra de Vietnam.

La oposición a la guerra aumentó cuando se empezó a enviar reclutas al no ser suficientes los soldados profesionales. Y la sociedad de Estados Unidos se dividió profundamente. Crecían las tensiones sociales y se criminalizaba a toda una generación. Manifestarse por Vietnam o consumir marihuana eran motivos suficientes para ser arrestado.

Con el adelanto del libro sobre los Ángeles del Infierno, Thompson se compró una BSA Lightning, la moto más rápida que anunciaban las revistas. En las noches de verano, se lanzaba por la carretera de la costa hasta Santa Cruz buscando el límite del que hablaba en su libro. Eso que solo conocen los que lo han cruzado. El viento, las olas y el rugido del motor componían en su mente una música extraña. La ebriedad del ácido abriendo ventanas por las que se cuela el eco lisérgico de Today, de Jefferson Airplane, que ha escuchado en el Matrix. De vuelta a la calle Parnassus de San Francisco, Thompson descarga ráfagas de lucidez junto a su Magnum del 44:

“Estados Unidos es una estructura podrida hasta la raíz, amenazada por fuera por resentimientos justificados y apuntalada por dentro por el miedo engrasado con dinero”.

En 1967, cuando San Francisco está en plena ebullición, Thompson sale huyendo de un trabajo de nueve a cinco y se instala en Aspen, un pueblo de las montañas de Colorado. La movida hippy estaba saturada y Haight-Ashbury se había convertido en el templo de los mercaderes de la paz y el amor. Un estilo de vida igual de fallido que el de sus papás burgueses. Fue en esa época cuando empezó a intuir el libro que escribiría sobre la muerte del sueño de Horatio Alger. Y Nixon -su satán particular-, que había regresado a la política en las primarias de New Hampshire del 68, representaba mejor que nadie la muerte del Sueño Americano.

Aspen, Colorado

Ese año resultó desastroso para los Estados Unidos. En abril asesinaron a Martin Luther King y en junio a Robert Kennedy. Crecían las revueltas raciales, las protestas contra la guerra y el movimiento de los estudiantes. La furia y la desesperación estalló en las calles de Chicago durante la convención del partido demócrata. Nació por entonces la llamada “nueva izquierda” (new left), que mezclaba elementos marxistas y libertarios con los de la contracultura. Un movimiento formado en su mayoría por jóvenes blancos contrarios al imperialismo y al racismo, y a favor de una democracia radical. Y en Chicago protagonizaron los brutales enfrentamientos con la policía mientras Thompson veía horrorizado cómo el Sueño Americano moría a golpes de porra.

ESTADOS UNIDOS ES UNA ESTRUCTURA PODRIDA HASTA LA RAÍZ, APUNTALADA POR DENTRO POR EL MIEDO ENGRASADO CON DINERO

Vietnam y la profunda división de la sociedad estadounidense llevaron a Johnson a no presentarse a la reelección y Nixon, favorecido por el asesinato de Robert Kennedy, alcanzó la presidencia explotando la inquietud de los ciudadanos por la agitación social del país. Meses antes de las elecciones había traicionado a su propio país al boicotear las negociaciones de paz con las que Johnson pretendía acabar la guerra de Vietnam. Para Thompson, era un ladrón de segunda y un criminal de guerra: “Algunos dirán que palabras como “basura” y “podrido” están mal en el periodismo objetivo, lo cual es cierto, pero no han entendido nada. Fueron los puntos ciegos incorporados a las reglas objetivas y el dogma los que permitieron que Nixon se arrastrara a la Casa Blanca. Parecía tan americano. Había que ser subjetivo para ver a Nixon claramente”.


Poder ‘freak’ en las Rocosas

El nuevo presidente se encontró con un país al borde de la guerra civil, y los traumáticos acontecimientos de Chicago cambiaron la percepción que Thompson tenía de la política. Ya no le interesaba como ideología, sino simplemente como acto de defensa propia. Como en el caso de Vietnam, los acontecimientos te obligaban a posicionarte, a decidir de qué lado estabas. La idea era que tenías que participar en tu vida y la sensación de que se podía expulsar al presidente de la Casa Blanca, como ocurrió con Johnson.

Para Thompson, una de las leyes básicas de la política era que la acción siempre se aleja del centro, que el centro solo es popular cuando no sucede nada. Y en aquellos momentos había que tomar uno de los extremos. En 1969, Aspen (Colorado) protagonizó un extravagante experimento político que hizo temblar a los poderes fácticos locales. Con poco más de 2.000 habitantes, era un pueblo aislado en las Montañas Rocosas con un tipo de población muy inusual. Se había convertido en un imán para los intelectuales que querían retirarse y existía un número importante de bichos raros, pasados, drogotas (freaks, según el término del argot underground). Cientos de jóvenes que habían salido de San Francisco buscando refugio después del “verano del amor” de 1967. Thompson y un grupo de pirados, desde el bar del Jerome Hotel, decidieron poner en marcha el movimiento del Poder Freak para arrebatarle la alcaldía a los “Carcas”.

Joe Edwards

Presentaron como candidato a Joe Edwards, un abogado hippy de 29 años, comprometido con los casos locales de derechos civiles. El programa político consistía básicamente en expulsar a los especuladores inmobiliarios del valle. Impedir que se construyera una autopista por el centro del pueblo y edificios inmensos de apartamentos que bloquearan la vista de las montañas. Soñaban con un pueblo en el que se pudiese vivir como seres humanos y no “como esclavos de esa idea demencial del progreso que nos está volviendo locos a todos”. Después de una frenética campaña, en la que la mayor dificultad fue inscribir a todos los freaks para poder votar, perdieron solo por seis votos, de un total de 1.200. Al año siguiente, Thompson se presentó a sheriff del condado.

DISCUTIMOS, PROTESTAMOS, PEDIMOS: PERO NADA CAMBIA. ASÍ QUE AHORA, UN PUÑADO DE FREAKS QUIERE FORZAR EL CAMBIO EN LAS URNAS

Con la campaña electoral de Edwards, el underground afloró y la estructura política de Aspen recibió una seria sacudida. Se había involucrado a mucha gente que, sin la agitación de la campaña y la polarización de las ideas, nunca hubieran dado un paso en política. En esos días, Thompson declaró en el Aspen Times: 

“En 1970, en América muchas personas están empezando a darse cuenta de que ser un freak es una forma honrosa de ser. […] No somos freaks en absoluto pero las retorcidas realidades del mundo en que nos esforzamos por vivir se han combinado de tal modo que nos sentimos freaks. Discutimos, protestamos, pedimos: pero nada cambia. Así que ahora, mientras en el resto del país estalla una tormenta de atentados con bombas y asesinatos políticos, un puñado de freaks quiere realizar un experimento, definitivo y quizá retrógrado, con la idea de forzar el cambio en las urnas”.

Thompson quería combinar las vibraciones de Woodstock, el activismo de la “nueva izquierda”, y la democracia jeffersoniana básica con la ética del Boston Tea Party. Un modelo para apoderarse de toda la energía política latente y usarla, en lugar de destruirla.

Al principio no le tomaron demasiado en serio. La principal preocupación del Poder Freak era el medio ambiente, y después el estatus ilegal de las drogas. El objetivo principal era comunicar un mensaje aun sabiendo que la derrota era casi segura. Al leer algunos puntos del programa electoral desaparecían las dudas:

1. Levantar todas las calles de la ciudad con martillos neumáticos y plantar césped en todas ellas.

2. Cambiar el nombre de “Aspen” por el de “Fat City” (Villa Gorda). Esto evitará que los codiciosos, violadores de tierras y otros chacales humanos especulen con el nombre de “Aspen”.

3. Será la filosofía general de la oficina del sheriff que ninguna droga que valga la pena tomar debe ser vendida por dinero.

El modelo de acción política del Poder Freak ya había quedado claro el año anterior. Desafiar al sistema con un candidato desconocido, un freak honrado que no había sido maleado por ningún cargo público y que, con técnicas extrañas pero legales, desquiciara a todos los demás. La táctica consistía en no salirse del sistema pero tampoco trabajar dentro de él, sino hacerle enseñar el farol. Y no suponer que la gente que tiene el poder es inteligente.

MCGOVERN ES UNO DE LOS POCOS QUE REALMENTE ENTIENDE QUÉ FANTÁSTICO PUDO HABER SIDO ESTE PAÍS LEJOS DE ESTAFADORES COMO NIXON

En la misma lista electoral del Poder Freak, Thompson y los suyos presentaron candidatos formales para presidente del condado, que era el puesto que de verdad querían ganar. En realidad, Thompson no quería ser sheriff, su intención era amedrentar a los especuladores de la tierra y conseguir que su propio candidato a presidente de condado pareciera, en contraposición a él, un conservador. Un amigo de Thompson se presentó como juez de instrucción cuando se enteraron de que era el único que podía echar al sheriff de su cargo.

Con el paso de los días, el componente serio de la campaña aumentó y, al ganar fuerza el movimiento, se convencieron de que tenían una oportunidad. Pero entonces apareció el New York Times, la NBC, el Washington Post, la BBC con sus cámaras, y eso impidió que pudieran separar ambas candidaturas. Al final la estrategia del “candidato pararrayos del odio” también golpeó al factor serio de la campaña. Sus rivales políticos se asustaron tanto que el día de las elecciones llevaron a votar a gente en silla de ruedas y en camilla. De los seis distritos electorales importantes, Thompson ganó en los tres de la ciudad de Aspen, empató en el cuarto y fracasó en las dos circunscripciones donde residía la mayoría de los constructores y promotores inmobiliarios. Solo un acuerdo de última hora entre los partidos Demócrata y Republicano evitó que el candidato del Poder Freak se convirtiera en el nuevo sheriff.

Thompson quiso salvar lo que todavía era un condado rural de la llegada de las estrellas de Hollywood, los hoteleros y el resto de la élite que convertiría a Aspen en la mejor estación de esquí del país. Pero también quiso dar una lección de política que tuviera un significado más allá de Colorado. La cobertura de prensa nacional sirvió para que candidatos de la “nueva política” ganaran poder en ciudades universitarias como Berkeley y Madison, y en otras comunidades amenazadas por la presión inmobiliaria. Dos años más tarde el Poder Freak ganó en casi todos los puestos del condado que habían controlado desde entonces. De hecho, a mediados de los 90, la “política Thompson” bloquearía con éxito un plan de la Aspen Ski Company para ampliar el aeropuerto local y convertir a la ciudad en un centro del turismo de masas.

Para Thompson fue un error pensar que el pueblo estaba preparado para una campaña política honesta. Cuando perdió las elecciones a sheriff, los poderes locales pusieron en marcha los mecanismos para que nadie como él pudiera volver a presentarse al cargo. El Sueño Americano se tambaleaba.


La ola se retira

La batalla de Aspen, en octubre de 1970, fue el primer artículo que Thompson publicó en la revista Rolling Stone. En los primeros meses de 1971 andaba peligrosamente inmerso en un reportaje sobre el asesinato del periodista de origen mexicano Rubén Salazar. Durante su elaboración, la tensa atmósfera racial de Los Ángeles y la presión de los grupos chicanos se hicieron insoportables. Así que Thompson y su principal fuente, el abogado y activista Óscar Zeta Acosta, decidieron hacer un viaje a Las Vegas aprovechando el encargo que Sports Illustrated le había hecho al escritor para cubrir una carrera de motos.

Hunter S. Thompson y Oscar Zeta Acosta

Óscar Acosta ya se había convertido en algo más que un amigo; habían conectado inmediatamente y los dos -antihéroes, drogadictos, extravagantes y geniales- se unirían en la búsqueda del Sueño Americano convertidos en Raoul Duke y el Dr. Gonzo. Sports Illustrated rechazó las 2.500 palabras del artículo y Thompson lo transformó en la crónica ampliada de un viaje salvaje y desquiciado al gran escaparate de América. Miedo y asco en Las Vegas apareció en dos entregas en noviembre del 71 en Rolling Stone (descargar libro y película desde aquí). Un relato de excesos que muchos creyeron y que resultó un exitoso trabajo de ficción situado en el limbo que hay entre periodismo e invención. Para Thompson era el epitafio a la cultura de la droga de los años 60. El colocón definitivo que señalaba el fin de una era. “Íbamos a buscar el Sueño Americano y nos volvimos locos. No fue el LSD, ni el éter, ni la cocaína, ni la marihuana: fue lo que vimos al otro lado del espejo”. El derrumbe del Sueño Americano. Nadie en su sano juicio se atrevería a admitir una conducta así si Nixon volvía a ganar en el 72.


En la campaña presidencial de ese año, Thompson dio el salto a la política nacional y se mudó a Washington para seguir al senador George McGovern como candidato en las primarias demócratas. Se convirtió en un extraordinario analista político y en un despiadado crítico del candidato republicano Richard Nixon. De ese trabajo para Rolling Stone surgió Miedo y asco: en la campaña electoral de 1972, una obra clásica de la política estadounidense junto a la de su compañero Timothy Crouse, Los chicos del autobús.

SOLO SOMOS 220 MILLONES DE VENDEDORES DE COCHES USADOS CON DINERO PARA COMPRAR ARMAS Y SIN EL MÁS MÍNIMO PROBLEMA POR MATAR

Cuando Thompson apareció en la campaña nadie sabía quién era. Hasta que empezó a publicar y ardió Troya. No tardó en aprender que la única hora para llamar a un político era bien entrada la noche. Cuando se había desnudado de mentiras y traiciones y estaba muy cansado o borracho. Harto de las convenciones y de informar sobre discursos que estaban escritos para los periodistas, su táctica consistió en avivar el avispero. Sus artículos filtraban la realidad a través de su estilo gonzo, por lo que a algunos les costaba distinguir la fantasía de todo lo demás. Se dio cuenta de lo desagradable de la situación en la que los periodistas llegaban a conocer tan bien a sus fuentes que no querían dañarlas para seguir teniendo acceso a ellas. A diferencia de la mayoría de corresponsales, Thompson podía quemar todos los puentes que dejaba atrás porque solo iba a estar allí un año.

Hunter S. Thompson y George S. McGovern en 1972

El programa de McGovern incluía la retirada inmediata de Vietnam; amnistía para los desertores y evadidos del servicio militar; derechos iguales para las mujeres y un recorte en el presupuesto de Defensa. Las encuestas le daban oportunidades de ganar. Pero de repente algo salió mal. Thomas Eagleton, candidato a vicepresidente ocultó que se había sometido a terapia de electroshock. Cuando la información se hizo pública, la campaña de McGovern recibió el golpe de gracia. A pesar de que el escándalo Watergate ya había salido a la luz, Nixon volvió a ganar las elecciones.

“Este puede ser el año en que nos enfrentemos con nosotros mismos; en que demos un paso atrás y digamos que solo somos una nación de 220 millones de vendedores de coches usados con dinero para comprar armas y sin el más mínimo problema por matar a quien trate de incomodarnos. La tragedia de todo esto es que George McGovern, con todos sus errores y sus charlas imprecisas sobre la nueva política y la honestidad en el gobierno, es uno de los pocos en presentarse a presidente de los Estados Unidos en este siglo que realmente entiende qué fantástico monumento pudo haber sido este país si lo hubiéramos mantenido lejos de estafadores codiciosos como Richard Nixon”.

Fuente:

http://ctxt.es/es/20160713/Culturas/7075/Hunter-Stockton-Thompson-frases-periodismo-gonzo-biograf%C3%ADa-an%C3%A9cdotas-ideolog%C3%ADa.htm



Arthur Koestler. Ad maiorem gloriam...


Este artículo apareció publicado en Fulkro (1994), una revista artesanalmente editada en Madrid y de apenas unos cientos de ejemplares que publicó un único número en 1994. Se trata de un capítulo (fragmentario) del ensayo Jano (1978), de Arthur Koestler, publicada en castellano por Editorial Debate en 1981, libro que incompresiblemente nunca ha sido reeditado en castellano, al menos que sepamos. En este texto, Koestler expone su convicción de que la tragedia del ser humano no estriba en un exceso de agresividad, como suele creerse, sino en la sobreabundancia de devoción y fanatismo: a su parecer, los crímenes individuales cometidos por motivos egoístas representan un porcentaje insignificante en la tragedia humana, si se les compara a las muchedumbres sacrificadas en las orgías de lealtad desprendida para con la propia tribu, nación, dinastía, iglesia o ideología política)); todo ello ad maiorem gloriam dei. Como dejó escrito Revel, (bajo la máscara del demonio del Bien, la tentación totalitaria es una constante en el espíritu humano).

Desde el alba de la civilización, nunca hemos padecido penuria de reformadores iluminados. Profetas hebreos, filósofos griegos, sabios chinos, místicos indios, sabios cristianos, ilustrados franceses, utilitaristas ingleses, moralistas germánicos, pragmatistas norteamericanos, pacifistas hindúes, todos han denunciado las guerras y la violencia, y apelado a la naturaleza perfectible del ser humano, sin el más mínimo éxito. La razón de este fracaso debe buscarse en la errónea interpretación que hace el reformador de las causas que han forzado al ser humano a convertir su historia en un fiasco semejante, impidiéndole sacar provecho de las lecciones del pasado y poniendo hoy día en cuestión su misma supervivencia. La falacia de base consiste en descargar todas las culpas sobre el egoísmo, la codicia y la supuesta destructividad del ser humano; es decir, sobre la tendencia autoafirmadora del individuo. Nada se halla más lejos de la verdad, como lo atestiguan los datos históricos y psicológicos.

Ningún historiador negará que el papel desempeñado por los crímenes cometidos por motivos personales es muy reducido si se compara con las vastas muchedumbres sacrificadas en aras de la lealtad desprendida hacia un dios celoso, un rey, una patria o un sistema político. Los crímenes de Calígula se reducen a una nimiedad en comparación con los estragos cocinados por Torquemada.

El número de personas muertas a manos de salteadores, atracadores, pistoleros y demás elementos asociales es insignificante al lado de las masas humanas inmoladas alegremente en nombre de la única y verdadera religión, de la causa justa. A los herejes se les torturaba y quemaba vivos no en un arranque de cólera, sino con el mayor de los pesares, para provecho de sus almas inmortales. Las purgas de la Rusia estaliniana y la China maoísta fueron presentadas como operaciones de higiene social, necesarias para preparar a la humanidad para la edad de oro de la sociedad sin clases. Las cámaras de gas y los crematorios trabajaban en pro del advenimiento de un milenio de nuevo tipo. Repitámoslo una vez más: a lo largo de la historia humana, los estragos desencadenados por las demasías de la autoafirmación individual son desdeñables cuantitativamente si se comparan con las masas sacrificadas ad maiorem gloriam, y como resultado de la devoción autotrascendente a una bandera, un líder, una fe religiosa o una convicción política.

El ser humano se ha mostrado siempre presto no sólo a matar, sino también a morir por causas buenas, malas o completamente gratuitas. ¿Qué mejor prueba podemos encontrar de la realidad del impulso hacia la autotrascendencia? Así, pues, los antecedentes históricos nos enfrentan a la paradoja de que la tragedia del ser humano hunde sus raíces no en su agresividad, sino en su devoción a ideales transpersonales; no en un exceso de autoafirmación, sino en el funcionamiento defectuoso de las tendencias integradoras de nuestra especie. Creo que fue Pascal quien afirmó: el hombre no es ni ángel ni demonio, pero es en sus intentos de hacer de ángel cuando se convierte en demonio. Mas ¿cómo surgió esta paradoja?

En las manifestaciones patógenas de la tendencia integradora cabe distinguir tres factores solapados: 1) la sumisión a la autoridad que emana de una imagen paterna; 2) la identificación incondicional con un grupo social; 3) la aceptación acrítica de su sistema de creencias. Los tres se asoman con prodigalidad a las sangrientas páginas de nuestra historia.

El primero se ha convertido, a partir de Freud, en un lugar tan común que apenas reclama una breve mención. El líder que se arropa con la imagen paterna puede ser un santo o un demagogo, un sabio o un maníaco. Cuáles sean las cualidades que configuran al líder es una cuestión que no nos interesa aquí, pero es evidente que entre ellas está la capacidad de influir sobre ciertos denominadores comunes a las masas sometidas a su dominio, y el máximo común denominador lo ha sido, ahora y siempre, la sumisión infantilizada a la autoridad. La relación líder-secuaz puede comprender a toda una nación, como en el caso del culto hitleriano; o a una ínfima secta de devotos; o circunscribirse a una pareja, como en la relación hipnótica, el diván del psicoterapeuta o el sitial con la cortinilla corrida del padre confesor. El elemento común es el acto de rendirse a discreción.

Si volvemos nuestra mirada hacia el segundo y el tercero de los factores mencionados más arriba –la identificación incondicional del individuo con el grupo social y su sistema de creencias–, de nuevo nos encontramos con una amplia gama de conglomerados sociales, susceptibles de ser calificados de “grupos” y de describirse en términos de la “mentalidad grupal” o Massenpsychologie.

Lo menos que cabe decir es que una persona no necesita estar presente físicamente en una muchedumbre para verse influida por la mentalidad de grupo; la identificación emocional con una nación, Iglesia o movimiento político puede ser plenamente efectiva sin mediar contacto físico. Siempre está latente la posibilidad de convertirse en víctima del fanatismo grupal, incluso entre las paredes del cuarto de baño propio. Ni tampoco necesita todo grupo de un líder personal o “figura paterna” en quien esté depositada la autoridad. 

Los movimientos religiosos y políticos precisan de líderes para ponerse en marcha; una vez implantados, siguen beneficiándose de un liderazgo eficaz; pero la necesidad primaria de un grupo, el factor que le confiere cohesión, es un credo, un sistema compartido de creencias, con el consiguiente código de conducta. Estas funciones pueden desempeñarlas la autoridad humana, un símbolo –el tótem o fetiche que proporciona un sentimiento de unión mística entre los miembros de una tribu–, iconos sagrados en tanto que objetos de adoración o el pendón del regimiento en cuya defensa se suponía que el soldado ardía en deseos de dejarse matar en combate. 

Es posible que la mentalidad grupal se rija por la convicción de que el grupo encarna una raza elegida cuyos antepasados celebraron un pacto especial con Dios; o una raza de señores cuyos predecesores fueron dioses blondos o cuyos emperadores descendían del Sol. Acaso se base su credo en la convicción de que la observancia de determinadas normas y ritos faculta para formar parte de una élite privilegiada en la vida futura, o de que el trabajo manual habilita para incorporarse a la clase predestinada por la historia. Los argumentos racionales apenas tienen influencia sobre la mentalidad grupal, debido a que la identificación con un grupo siempre implica un cierto sacrificio de las facultades críticas de los individuos que lo integran y una amplificación de su potencial emocional por una especie de resonancia grupal o retroalimentación positiva. 

Permítaseme reiterar que en la actual teoría el término “grupo” no se agota en una muchedumbre congregada en un lugar, sino que alude a cualquier holon* social gobernado por un tipo fijo de reglas –por ejemplo, el lenguaje, las tradiciones, las costumbres, las creencias, etc.–, que define su identidad colectiva, dotándole de cohesión y de un “perfil social”. En tanto que holon autónomo, posee su propio esquema de funcionamiento y se rige por un código intrínseco de conducta, que no cabe “reducir” a los códigos particulares que gobiernan la conducta de sus miembros en su actividad como individuos autónomos, y no como partes del grupo. El ejemplo que al punto acude a la mente es el del recluta que como individuo tiene prohibido el matar y como miembro disciplinado de una unidad militar tiene en cambio la obligación y el deber de hacerlo.

Así pues, resulta esencial distinguir entre las reglas que gobiernan la conducta individual y aquellas otras que guían la conducta del grupo en su conjunto.

Todo lo enunciado apunta a la conclusión de que en la mentalidad grupal las tendencias autoafirmadoras** predominan con más fuerza que a escala del individuo medio, y de que, al identificarse con el grupo, el individuo adopta un código de conducta distinto del suyo propio. El individuo no es un matador; el grupo sí lo es; y al identificarse con él, el individuo lo deviene a su vez. Esta situación paradójica se constata no sólo en los campos de batalla o en las turbas enfurecidas de un linchamiento, sino igualmente en la atmósfera sobria de los laboratorios psicológicos. Su condición paradójica se debe al hecho de que el movimiento de identificación con el grupo es un acto autotrascendente que, pese a ello, refuerza las tendencias autoafirmadoras del grupo. La identificación con el grupo constituye un acto de devoción, de sumisión amorosa a los intereses de la comunidad, una rendición parcial o incondicional de la identidad personal y las tendencias autoafirmadoras del individuo. Hasta cierto punto se despersonaliza, es decir, se vuelve más desprendido en más de un sentido. Puede mostrarse displicente ante el peligro; se siente impelido a ejecutar actos altruistas, incluso heroicos, hasta llegar al extremo del propio sacrificio, y a la vez conducirse con crueldad despiadada para con el enemigo –real o imaginario– del grupo. Pero su brutalidad es impersonal y desinteresada; se ejerce en interés –o en el supuesto interés– del todo; está presto no sólo a matar, sino a morir en su nombre.

De esta forma, la conducta autoafirmadora del grupo hunde sus raíces en la conducta autotrascendente de sus miembros, o para expresarlo de otro modo, el egotismo del grupo se nutre del altruismo de sus miembros. La “dialéctica infernal” de este proceso se refleja en cada nivel de las diversas jerarquías sociales. El patriotismo no es sino la noble virtud de subordinar los intereses individuales a los intereses más amplios de la nación y, sin embargo, da pie a la patriotería como expresión militante de tales intereses superiores. La lealtad a un clan engendra las camarillas; el esprit de corps fructifica en un exclusivismo arrogante; el fervor religioso en el fanatismo, y el Sermón de la Montaña en la Iglesia de las Cruzadas. Los síntomas difieren con la época, pero la configuración del trastorno subyacente es la misma: la vena paranoide que atraviesa nuestra historia. Hay quien se muestra propenso a reconocer esto en tanto que fenómenos propios del pasado, pero la vena paranoide, bajo disfraces diversos, aflora en la historia contemporánea con idéntica fuerza, si bien con rasgos potencialmente más mortíferos que en el pasado remoto.

Las creencias religiosas se derivan de motivos arquetípicos eternamente repetidos, comunes al parecer a toda la humanidad y que suscitan respuestas emotivas inmediatas. Mas una vez institucionalizados como propiedad colectiva de un grupo específico, degeneran en doctrinas esclerotizadas que, sin perder nada de su poder emotivo, resultan potencialmente degradantes para las facultades críticas. Con el fin de tapar de algún modo la brecha, se han ideado diversas formas de doble pensamiento en las distintas épocas – poderosas técnicas de autoengaño, unas burdas, otras sumamente elaboradas–. La misma suerte han corrido las religiones secularizadas que responden al nombre de ideologías políticas. También ellas poseen sus raíces arquetípicas –el ansia de utopía, el anhelo de una sociedad ideal–; pero, al cristalizar en movimientos y partidos, pueden experimentar transformaciones de tal grado que en su política práctica procuren exactamente lo contrario de lo que proclaman sus ideales.

Esta propensión, al parecer ineluctable, de las ideologías religiosas y seglares a degenerar en caricaturas de sí mismas es una consecuencia directa de los caracteres de la mentalidad grupal ya analizados: necesidad de combinar la simplicidad intelectual con la capacidad de suscitar emociones.

* El término holon del griego h´olos = todo, más el sufijo on, que, como en el caso de neutrón o protón, sugiere la noción de parte, fue acuñado por el propio Koestler con el fin de precisar expresiones tan incómodas como “subtodo”, (parte-todo), “sub-estructuras”, “sub-destrezas”, “sub-montajes”, y demás palabras que hacen alusión a entidades “susceptibles de ser caracterizadas bien como todos o como partes”, según se las contemple desde “arriba” o desde “abajo” en cualquier constructo jerárquico. El vocablo ha sido incorporado a ramas diversas del saber, desde la biología a la teoría de la comunicación. [Nota de Fulkro]

** La tendencia autoafirmativa y la tendencia autotrascendente –esta ´ultima también llamada “participativa” o “integradora”– constituyen una polaridad básica en las estructuras jerárquicas (u “holarquías”) del esquema teórico de Koestler. Cada una de esas tendencias hace alusión a una faceta o cara del (holon): como todo y como parte. Según Koestler, “la tendencia autoafirmadora del holon constituye la expresión dinámica de su carácter de todo, mientras que la tendencia integradora lo es de su condición de parte.” [Nota de Fulkro]


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